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martes, 3 de febrero de 2015

HISTORIA DE LA COFRADÍA DE PESCADORES DE LUANCO


El 5 de febrero de 1776, el cielo se desplomó sobre Luanco. Un viento frío y fuerte del noroeste se precipitó de pronto sobre la localidad. En el mar, quince embarcaciones de la villa, que habían salido a faenar con doscientos veinticinco hombres a bordo, se extravían junto a otras cinco del vecino concejo de Pravia. Nadie recuerda una galerna tan brutal, tan feroz y despiadada... desde muchos años. La desesperación y el terror domina a los que desde tierra dirigen sus ojos al horizonte. Las mujeres y los niños, cuenta la tradición, acuden a la parroquia e imploran el regreso de los marinos ante la figura del Santo Cristo del Socorro.


El tiempo pasa sin novedades. Pero al final, de manera “milagrosa”, las veinte embarcaciones acaban arribando al puerto. Una a una, con todos los tripulantes a salvo. El Santo Cristo del Socorro sustituyó a la Virgen del Rosario como patrón del gremio de pescadores. Y la conmemoración del milagro, cada 5 de febrero, se convirtió en la fiesta más importante de Luanco y alrededores. La cita rinde homenaje a los pescadores jubilados y fallecidos en naufragios –“¡Venid aquí, hijos todos del mar!”, dice la primera estrofa del himno que cantan los luanquinos– y exalta las esencias marineras de una región que durante siglos ha vivido por y para el mar.


* COFRADÍA DE PESCADORES SANTÍSIMO CRISTO DEL SOCORRO *
Las noticias sobre la existencia de asociaciones de pescadores en Luanco se remontan a 1687, libro de actas de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, fundada por los marineros de Luanco donde se reconoce la existencia de otro libro anterior y desaparecido. Al culto de la virgen del Rosario se dedicaron siempre los marineros de Luanco y es a finales del XIX cuando la advocación cambia al Cristo del Socorro.


El 4 de febrero de 1881 se reúnen en la iglesia parroquial armadores, patrones y marineros de Luanco bajo la presidencia del el párroco para fundar la "Hermandad del Santísimo Cristo del Socorro", con el fin de celebrar varias fiestas religiosas, socorrer a los marineros enfermos y necesitados en caso de enfermedad y muerte. Durante el año 1882 se reconoce la existencia de otra asociación similar que no funcionaba denominada "Sociedad Marítima del Socorro", se acuerda la fusión de ambas bajo la denominación "Sociedad Marítima y de Hermanos del Socorro".


 Fuentes visitadas. www.elmundo.es
  www.archivosdeasturias.info

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA TIRANÍA DE LOS OMAÑA (CUDILLERO)


Gran parte del concejo de Cudillero estuvo bajo el poder feudal de los Omaña durante cerca de trescientos años (del XIII al XVI). A pesar de no tratarse de un coto jurisdiccional, A. J. de Banzes alude a las vejatorias imposiciones de esta poderosísima familia: «Los señores de la Casa de Omaña  tenían extraordinarias regalías, que es de tradición las perdieron por un litigio. No se podía poner fuego, abrir puerta ni ventana, antes que ellos lo hiciesen, en casa alguna del pueblo; y sin su licencia. Tenía un pez de cada barco, que valía en la concha; y puerta particular para entrar en la iglesia...». Esta denigrante situación propició frecuentes enfrentamientos con los disconformes pixuetos, recurriéndose a armas y, mayormente, a pleitos para zanjar diferencias.


El Palación o Castiallu, nombre de la casa feudal de los Omaña, estaba instalado en el solar donde se levantó el Ayuntamiento en el s. XIX, junto a la iglesia. Imponía su posición, altiva, sobre una roca en el fondo del pequeño abrigo costero, dominando el puerto. Se trataba, según Fortunato Selgas, de «un edificio de planta irregular, debido a las desigualdades de la roca en que se sustentaba; y sus muros, de estructura incierta, trabajados de fortísima argamasa, tenían gran anchura, especialmente en los sitios más fáciles de expugnar». Por su parte, A. Bravo lo describe como «fuerte, con saeteras, almenas y torre del homenaje, con chimenea-anuncio para encender los hogares de las demás casas».


A pesar de todo, Cudillero se convirtió en un famoso centro pesquero, que en el siglo XV solicitó la concesión del privilegio del alfolí (almacén) de la sal, petición, al parecer, no concedida nunca. Durante la etapa feudal, los pescadores formaron su gremio. De aquí salieron, otrora, intrépidos pescadores hacia las costas de Flandes, Inglaterra, Escocia o Portugal, y fueron muchos los que participaron en el cerco a Gibraltar y en las campañas de conquista de Sevilla y La Florida.

Fuente visitada. cudillero.es/historia

domingo, 6 de julio de 2014

CANDÁS Y RIBADESELLA - DOS PUERTOS PESQUEROS.


                                                  Candás (Carreño)

El puerto de Candás fue antiguamente un cayo, una pequeña ensenada en la desembocadura de un río que se unía a la mar discurriendo entre dos promontorios: la punta del Cuerno y el monte Fuxa, también conocido como La Atalaya. En las faldas de estos montes se establecieron sus primeros pobladores, configurando poblados que se convertirían en villa de pescadores, y la ensenada en un fondederu (dársena) que, aunque escaso de embarcaciones, habría de ser un importante puerto ballenero. La pesca de la ballena se realizaba con esquifes, chalupas y pinaces, utilizando sangraderas, arpones, medianas y estaches (estacas afiladas) en su captura. En Candás, salían remando detrás de ella cuando era avistada por el atalayeru (observador) desde lo alto del monte Fuxa. No siempre la capturaban: también servía la ballena como guía en la captura del bonito, realizada siguiendo a les mantes (pájaros que acompañan al gran mamífero) y al mosquilón (krill), utilizando artes de cacea (pesca a caña) y tanqueo (cebo vivo), Ahora se ven pocas ballenas, pero en las costeras muchos pescadores candasinos aseguran ver con frecuencia orcas a las que ellos llaman kelmes o pexis momos.


A finales del siglo XIX las artes de pesca más comunes en el puerto de Candás eran el palangre y la rapeta, y las especies más capturadas la merluza y el besugo. Ahora, las artes y útiles más empleados son: el abarique(para la sardina, en la que las redes discurren paralelas al agua), la veta(que es una red de fondo, para salmonete), la cale ( una suerte de rapeta de 10 pinzada con parrochas navegando al pairo), el truel(sacadera o salabre), las nasas ( de madera o de hierro en las que introducen cabezas de bonito o chicharro para la pesca del marisco entre octubre y enero), y los miños, tresmayos, volanta, palangre, volantilla.


Siempre se sale a pescar aunque no se realicen capturas efectivas A la mar hay que ir todos los días. Según cuentan los pescadores marineros, El mejor momento para echar la red es al amanecer y al atardecer, porque el pescado está cegado por la primera y la última luz diurna. Según cuentan, el pez pierde visibilidad en esas ocasiones y fácilmente queda prendido en las redes. A la hora de la rula las especies principales de venta son el marisco (centollo) y la pesca de ronchel(de roca) como el salmonete y la sardina.


                                                       Ribadesella-

En los años 60 del siglo XX había en Ribadesella entre 80 y 100 embarcaciones pequeñas que salían a buscar merluza pescada al pinchu (con anzuelo) y regresaban al muelle con 15 o 20 mil kilos de pescado. Las embarcaciones eran entonces de madera de pino norte, la madera más adaptable a la humedad, excepto para construir el puntal (la proa) y la popa (donde va la hélice). En estos dos puntos se empleaba roble, al ser las dos partes de la barca que más se exponían a los movimientos de la mar. La madera empleada en la construcción de las embarcaciones procedía de podas realizadas entre diciembre y febrero durante fases lunares menguantes, puesta a secar en zonas de buena circulación de aire durante 5 ó 10 años y cocida para darle forma arqueada.


En las costeras del siglo XXI, lo que más capturan en torno a esta franja litoral son pulpo, centollo, nécora, barbada y bogavante. También salen bien fornetón(abadejo), lubina y xarga (chopa), merluza, sardina(queda poca sardina, dicen), besugo, bonito (cada vez menos), bocarte, calamar (aseguran que la niebla es el mejor indicador para una buena pesca de calamar), dorada, cabrocho (cabracho, al que llaman también tiñosu), golallo(bizarrosa), pixín, ñocles, pez espada (sólo de vez en cuando), andarica, reis, faneca, langosta, lubricante y coreanos (peces planos indeterminados, sin nombre concreto y que llaman así por llamarlos de alguna manera).


Se pesca de litoral entre 1 y 20 millas mar adentro, en aguas de menos de 20 brazas, con botes pequeños tripulados por 2 ó 3 hombres. Se va desde el cabo Lastres hasta Llanes, navegando al pairo, a deval (impulsados por el viento) y al tresviés (arrancando y parando el motor).

 Fuente visitada. gazeta-antropologia.es

viernes, 2 de mayo de 2014

LOS PESCADOS ASTURIANOS


El bonito más sabroso, el más fino y el de mejor calidad es el que se captura entre las provincias de Lugo y Cantabria, es decir en Asturias. Quizás por este motivo ha sido por lo que en Oviedo he comido el mejor bonito encebollado y en Candás un guiso inolvidable en el que participan, además de ajos y cebollas, pimentón picante y perejil, que finalmente se aromatizan con un buen vinagre que le da un punto estupendo. Hacen también el bonito estofado y una interesante especialidad, el bonito en rollo, que se hace picando finamente la carne y elaborando, con huevos batidos y cebolla, una especie de “tartare”, con el que se forma un cilindro que se fríe y se sirve con una salsa de tomate.


El rape está presente en todas nuestras costas, pero el “pixín negro” que se pesca en Asturias es distinto, porque su textura es más firme y su sabor más intenso. La preparación culinaria de elección es a la cazuela, en la que el vino blanco participa notoriamente. Es muy superior a las elaboraciones en salsa, estofado, con mejillones o alangostado. La merluza tiene muchas preparaciones típicas asturianas y entre todas ellas destaca cuando la hacen a la sidra, porque entonces resulta excelente.


Aunque no es fácil de encontrar, si le ofrecen una chopa a la sidra aproveche la oportunidad, porque este bellísimo pescado, de tonos verdes y azules, que tiene la particularidad de que cambia de sexo con la edad (cuando dejan de ser fértiles como hembras se convierten en machos) es una joya de la cocina asturiana, que se prepara mejorando la textura con una yema de huevo cocido y unas almendras machacadas en mortero, que se añaden a la chopa cortada en rodajas y se cuece todo, lentamente, en una cazuela a la que se le añade la sidra necesaria para cubrir el pescado.


La furagaña es la lubina pequeña y la robayiza la grande y las dos, en caldo corto, acompañadas con verdura, guisadas con patatas o a la plancha están buenísimas. Besugo, mero, sardinas, xarda (caballa), rodaballo, palometa, mero y una lista muy larga de pescados tienen su sitio destacado en una cocina que respeta siempre al producto, resaltando los valores tradicionales de frescura, calidad y punto de cocción, conformando una gastronomía muy honesta, natural y de altísima calidad.

Con los pescados de más espinas (escorpenas, maragotas, gallinetas, cabrillas, etc.), que son muy sabrosos, aunque de difícil comercialización, se hacen unas excelentes calderetas, que fueron la comida tradicional de pescadores, hoy convertida en plato de lujo, tras la sustitución de las especies iniciales por otras como la langosta, los langostinos, el bogavante, etc. Mención especial merece el salmón que en primavera remonta los ríos asturianos. Llega perfectamente cebado en un excelente estado de carnes y cuando se puede disponer de uno de ellos, se celebra una auténtica fiesta. Cuentan que antes había más. Tantos que llegaron a ser una comida de recurso que se proporcionaba a los mineros continuadamente, por lo que éstos, hartos de repetir plato, reivindicaron, mediante huelga, la aportación de otras elaboraciones culinarias. No está claro que sea verdad, ni siquiera parece probable, porque desde que se tienen estadísticas, no se observa que las capturas de salmón hayan disminuido, aunque sí es cierto que, por razones poco conocidas, entre las que siempre se alude a la contaminación de los cauces fluviales, la afluencia difiere entre unos años y otros.


Las aguas, casi siempre muy batidas, del litoral asturiano son muy propicias para la cría de los diferentes moluscos y crustáceos. Los percebes son excelentes; la ñocla, que es el nombre local del buey de mar, sabrosísima; la centolla, una delicia; las andaricas (nécoras), excelentes. Quisquillas...

 Fuente visitada. www.mercasa.es/

martes, 25 de febrero de 2014

EL PASADO BALLENERO DE LUARCA


Se sabe a ciencia cierta que en las aguas valdesanas se cazaban ballenas desde el año 1420, pero es posible que esta actividad se remonte a tres siglos atrás.
Era una lucha a vida o muerte que requería mucha destreza y trabajo en equipo. Hasta que los vascos iniciaron la pesca de la ballena, en Valdés sólo se aprovechaban estos animales cuando quedaban varados en la arena, aunque llevasen días muertos. Eso nos da idea de la valoración que se tenía de ellos y la riqueza que suponía cobrarse una pieza. Pero los vascos idearon un sistema para pescar ballenas desde las chalanas, y todo el mar Cantábrico se llenó de estos pescadores. La tarea no era sencilla y precisaba de gran arrojo, puesto que es fácil imaginar cómo se sentirían estos hombres en una barca a merced del animal que, aunque pacífico, reaccionaba golpeando violentamente con la cola cuando era arponeado y podía conducir la barca mar adentro o directamente volcarla. Las chalanas llevaban seis u ocho hombres: tres remeros a cada banda, un arponero y un timonel que también actuaba como segundo arponero. Desde las atalayas -que hoy siguen existiendo en los concejos, pero se emplean como miradores-, se oteaba el horizonte por turnos hasta dar con estos cetáceos.


 Cuando estaban a la vista, la chalana salía con todos los cazadores, además de pertrechos, arpones, tabletas de boya y muchos cabos preparados para ser unidos rápidamente. En cuando el arponero alcanzaba a la ballena, ésta se sumergía, con lo cual había que atar rápidamente los cabos al arpón, a fin de alargar la cuerda y que la barca no se fuese hacia las profundidades con el animal. Paralelamente había que seguir remando y, si el cetáceo no estaba malherido, asestarle con las lanzadas para desangrarlo más. Para cansar a la ballena se enganchaban al cordel de arpones flotamientos de madera que agotasen al animal, sin olvidar la boya que señalase su posición cuando se sumergía e indicase a su vez quiénes eran los pescadores que la perseguían. Si la noche llegaba en plena faena, era imprescindible llevar un farol para que las demás chalupas viesen el rumbo que se seguía. Cuando el cetáceo daba bramidos comparables a un trueno sordo, y levantaba la cola tres o cuatro veces, era cuando sabían que se hallaba moribunda.


Una vez llevada a tierra, la ballena era despiezada. La actividad febril requería hogueras encendidas y muchas personas separando y cociendo la grasa, que luego se convertía en saín y era almacenada en toneles y separada por calidades. La carne se cortaba y repartía. El reparto era sagrado: había que dar las aletas -y en algunos casos, parte de los flancos- a la Iglesia, después elegía el arponero primero y la cofradía, luego el atalayero y por último los descarnacederos.


Este es el recuerdo de una forma de vida que constituye el pasado de Luarca, pero también pone de manifiesto la importancia de preservar a estos bellos animales, que han visto dramáticamente diezmada su población desde que en 1868 se inventó el arpón explosivo para cazarlas. Se calcula que desde entonces han muerto casi dos millones de cetáceos y muchas de sus especies están en peligro de extinción.

 Fuente visitada. Revista: fusionasturias.com

viernes, 8 de noviembre de 2013

RÍA DE VILLAVICIOSA - RESERVA DE BIODIVERSIDAD


La Ría de Villaviciosa se encuentra íntegramente en el concejo del mismo nombre, situado en la franja costera central de Asturias. Es uno de los estuarios (valles fluviales inundados por aguas marinas) mejor conservados de la costa asturiana, pues a diferencia de otros, apenas ha sido degradado por el desarrollo urbano o industrial.


Esta ría se caracteriza por el pequeño aporte de aguas fluviales frente al de las marinas. Su cuenca está compuesta por pequeños ríos costeros, entre los que cabe destacar el Llinares, que la nutre por el sur, y los ríos Sebrayu y Fompalaín, que lo hacen por el este.


Las condiciones ambientales del estuario derivan de esta gran influencia marina: elevada salinidad del agua, inundaciones periódicas debidas a la marea e intensa sedimentación. Todo ello condiciona su particular flora y fauna, que convierten a este espacio en una importante reserva de biodiversidad.


El origen de la ría se remonta al último periodo glacial, en el que la congelación de las aguas hizo que el mar se retirase. En aquella época las temperaturas eran menos extremas y las abundantes lluvias nutrían un caudaloso río que excavó el valle profundamente. Una vez pasadas las glaciaciones el deshielo trasladó la línea de costa varios kilómetros tierra adentro para retirarse después, poco a poco, hasta su nivel actual.


La variedad de ambientes en la Ría, unido a la amplia disponibilidad de alimento, permite una abundante y diversa vida animal. La gran cantidad de partículas orgánicas que el agua va depositando en la ría mantiene una gran población de invertebrados. Entre los más comunes se encuentran especies como el berberecho, la xorra y la almeja fina. Se trata de especies marinas que al bajar la marea se entierran en el fondo para evitar la desecación. Esta abundancia de invertebrados constituye el alimento de una gran variedad de peces y aves. Se encuentran en la ría una treintena de especies de peces, en su mayoría de hábitos costeros que, por lo general, no alcanzan zonas muy alejadas de la desembocadura. La lubina y el sargo son dos de las especies más apreciadas por los pescadores.


Por su estratégica situación, la Ría es un lugar de vital importancia para el descanso de miles de aves acuáticas durante la migración e invernada. Aquí encuentran el alimento que necesitan para continuar con su agotadora travesía, así como refugio para afrontar los rigores invernales. Pero las llanuras fangosas son, sobre todo, el territorio de las aves limícolas. Estas aves recorren los suelos poco compactos de la marisma, rebuscando invertebrados de los que alimentarse durante la bajamar. Zarapitos, archibebes, chorlitos, correlimos y ostreros son algunos de los limícolas más abundantes en la ría.


También acuden aves pescadoras, tanto continentales, como el zampullín chico, el somormujo lavanco o el cormorán grande, como marinas, entre las que destacan varias especies de gaviotas, el negrón o el charrán patinegro. En las zonas más alejadas de la desembocadura, charcas poco profundas dan cobijo a garzas, patos y otros animales acuáticos. En primavera los cantos nupciales delatan durante la noche a las ranas y al amanecer a pequeños pájaros de colores pardos, que de otro modo pasarían desapercibidos.

 Fuente visitada. sigma-sl.com/riadevillaviciosa

viernes, 30 de agosto de 2013

LOS PERCEBES


Comer percebes es como comer la esencia del mar. Las propiedades de temperatura, salinidad y densidad del agua en el que crece, así como su riqueza en nutrientes, influyen para su buen crecimiento y redondean un sabor muy sano. Son ricos en minerales y bajos en grasa (apenas un 2%), contienen entre el 5-20% de proteínas. Para ingerirlos hay que tener cuidado pues salpican, por ello, los percebes se deben abrir con cuidado entre la uña y el pedúnculo, la parte comestible, que puede alcanzar los cinco centímetros de “chicha”.


Los mejores percebes son los que tienen un tamaño proporcionado, un tanto gruesos y ni largos ni cortos. Son los llamados percebes “de sol”. Los de sombra, que crecen en las rocas bajo el mar, son más largos y menos apreciados. Unos seis meses les lleva el estirón. En origen son una larva a la deriva en el mar. En un momento dado elige la roca que va a ser su hábitat y, con su “glándula de cemento”, produce un líquido que lo fija a la roca. Para su buen desarrollo necesita, además de mar limpia y batida, amplios periodos de sol. El agua dulce de la lluvia estimula su crecimiento. Se comprende fácilmente por estas razones que Asturias presente inmejorables condiciones para que crezcan limpios y sanos.


La dificultad para llegar hasta donde se hallan, y la extracción en pleno oleaje en la que muchos se juegan el tipo justifican de sobra su alto precio. Se trata de una labor que técnicamente cuenta con las mismas armas que en tiempos pasados, sobre todo para los llamados “perceberos de a pie”, que, a diferencia de los que se aproximan a la costa en lancha, tienen que andar en equilibrio por la costa alta y bajar a los pies de las mismas, siguiendo las huellas naturales que el mar y el viento han abierto en la roca. Sin la menor sensación de vértigo, esperan la bajamar y se deslizan por las cuerdas hasta el llancar, la zona donde bate el mar, un espacio que puede alcanzar los tres metros de longitud y donde abundan la flora marina y las piñas de percebes. Armados con un par de sacos, una percebera, herramienta para extraer el preciado marisco, una cuerda de unos 50 metros y un traje de neopreno, los perceberos comienzan su andadura por “las caleyas” cercanas a los abismos de la costa, buscando, desde la altura, un llancar idóneo. Luego se dejan caer hasta la parte baja de los bloques de caliza. Nadan, bucean, pasan de un islote a otro con la cuerda a cuestas para amarrar el saco y no perder sus capturas.

En los llancares abundan las piñas nacidas durante la primavera y el otoño, que a lo largo del año van alcanzando su madurez biológica. Una vez abajo, con la percerbera, herramienta clásica que consta de mango de madera y hoja terminada en cuña metálica, se revuelven las oquedades donde están incrustados los percebes. Al capricho de las olas, y rodeado de los cortantes filos de mejillones y rocas, realizan su actividad los profesionales.


La preparación de los percebes es de lo más sencilla, y nada tiene que ver con lo costoso que ha sido atraparlos. No deben lavarse, y si se hace, ligeramente y rápido. Se deben cocer con agua de mar si es posible. Si no lo es, se pondrá un puñado de sal gorda. No se deben cocer muy amontonados ni con mucho agua. Cuando el agua rompa a hervir se añaden los percebes. En cuanto vuelva a hervir, los dejamos cinco minutos, los sacamos para una fuente y los tapamos con un paño. Se deben consumir calientes o templados. En Asturias se piden por tapas y acompañados, cómo no, de unas botellinas de sidra.


En casi toda la geografía asturiana podremos degustarlos. Sobre todo, como es obvio, en los municipios costeros. Tradicionalmente no era un bien tan apreciado por ser escaso. Su valor era el sabor, las cantidades eran otras y abundaban las percebadas en comunidad. Vestigios de estos encuentros populares continúan hoy en los denominados festivales gastronómicos. El percebe es protagonista de ellos en varias localidades costeras, pero quizás sea Tapia de Casariego la que últimamente se lleva la palma. Ha sabido organizar un evento percebero como pocos, con comensales que acuden desde todo el Principado a degustar centenares de kilogramos de este apreciado molusco.


 Fuente visitada. desdeasturias.com

miércoles, 12 de junio de 2013

LA TRAVESÍA DEL CAPITÁN OCHOA EN EL FAVORITA


La travesía del capitán Ochoa ha sido relatada por Jesús Evaristo Casariego en diversos artículos y en el libro «Asturias y la mar». El capitán Rafael Ochoa era de Luarca y, según Casariego, «gastaba patillas, levita azul con botón de ancla y gorra galoneada con visera de carey. El piloto se apellidaba Menéndez y el "nostramo"... no se sabe cómo se llamaba el "nostramo", con su pito de plata al cuello y su marsellesa con botones de ballena». La tripulación, marineros expertos naturalmente. Fuertes marineros cantábricos, «curtidos en el peligro y avanzados en las luchas del mar». El viento y ellos hicieron posible la hazaña.


El bergantín «Favorita» pertenecía al armador Bonifacio López, que tenía una flota de veleros con nombres muy de la época: «Triunfo», «Joven Teresina», «Joven Benigna», con los que traficaba con los puertos de América y de Levante. Había sido construido por el maestro carpintero de ribera Rosendo Díez, más conocido por «Rosendón», en 1866, y era un «clipper» cortador de las aguas, «verdadero lebrel de la pampa marina», según entusiasta apreciación de Casariego, de dos palos y unas trescientas toneladas. «Estaba pintado de negro» -describe Casariego- «con una franja blanca, en batería, y unas portas artilleras imitadas de color chocolate. Su principal característica era la altura enorme de sus palos (la guinda), con masteleros y mastelerillos, que le permitían largar tanto trapo como para hacer un toldo que cubriese toda la concha y hasta la misma villa de Luarca, desde el faro al molino». Hasta el verano de 1869 había cargado las mercancías habituales con las que traficaba don Bonifacio López: azúcar, tabaco, petróleo, canela, jengibre, sal, vinos, harina, maquinaria, carbón y frutas secas.


El 21 de agosto de 1869 zarpó del puerto de Filadelfia con cargamento de petróleo y algodón y dieciséis pasajeros. La navegación se inició con viento del N. O., no muy fresco y a veces duro, que acompañó durante toda la travesía, y fue ayuda decisiva junto con las buenas condiciones marineras del buque y el valor y determinación del capitán, que en toda la travesía no toco el aparejo ni para tomar un rizo, de manera que, como escribió uno de los pasajeros, Juan Fernández y Pérez Casariego en carta particular, «venimos como por el aire, casi siempre mojados por lo que saltaba la mar a cubierta». El 7 de septiembre doblan la Estaca y el «Favorita» se pone a la vista de Luarca el día 8, al atardecer. En la villa se celebraba la fiesta de la Blanca, y al saberse la rapidez con que se había efectuado la travesía, el armador invitó al capitán, al piloto, a la tripulación y al pasaje a un festín que fue calificado como «de romanos». Un olvidado marino de Luarca, tal vez sin pretenderlo, consiguió algo que hoy importa mucho: el primer «récord» de velocidad en la travesía del océano Atlántico.


Fuente visitada. www.lne.es

jueves, 11 de abril de 2013

LA COSTA ASTURIANA


En el límite con Santander, donde los mapas sitúan el comienzo de la costa asturiana por el este, se encuentra la ría de Tina Mayor. Sus aguas son compartidas por la comunidad cántabra y a su vez dan entrada al paraíso asturiano.
Comienza el recorrido por una costa que no deja de sorprender y que finaliza al llegar a tierras de Castropol y a las aguas del río Eo. La presencia del Cabo Peñas, el punto más septentrional de Asturias, en el término medio del territorio costero contribuye a que se delimite el litoral en términos de costa de Occidente, Centro y Oriente. En todas ellas el mar exhibe una gran variedad de formas y paisajes y por lo tanto toda una suerte de contrastes. Tal vez el mayor de todos ellos se debe a la proximidad de la montaña a la costa asturiana.



Esto ocurre en ambas alas del litoral, aunque de forma más pronunciada en el Oriente. No es fácil encontrar alturas de más de mil metros a tan sólo cuatro kilómetros de la costa y eso ocurre en la Sierra del Sueve. Y no es el único caso, la Sierra del Cuera tiene alturas como el Turbina, de 1.315 m. y se halla también muy cercana a la costa. Desde lo alto de su cima se pueden observar, a un lado, como a tiro de piedra, los majestuosos Picos de Europa y a otro, a escasa distancia, toda la rasa costera.


El contraste también se hace notorio en las playas. La variedad es enorme. Las hay pedregosas de cantos rodados, con cierto aire salvaje y poco frecuentadas, mientras que otras, de arena fina, son objeto de peregrinación turística. Es el caso de muchas playas del Oriente como La Franca en Ribadedeva, Niembro, y Buelna en Llanes, la Griega en Colunga, o Rodiles en Villaviciosa. El Occidente asturiano tiene también arenales muy destacados como la playa de Aguilar en Muros de Nalón, la del Silencio en Cudillero, Frexulfe en Navia o Porcía en Tapia de Casariego.


Algunas calas muestran un relieve recogido, ideal para disfrutar de un baño tranquilo, como la de Monellos, en Coaña. Otras, por el contrario, extensas y abiertas, son codiciadas por los surfistas que aprecian el oleaje. Sin duda el mar Cantábrico ha cincelado caprichosas formas en la costa asturiana, por eso es posible encontrar cuevas y arcos horadados por la fuerza del mar en La Nueva, en Llanes, o los conocidos bufones de Buelna, o Arenillas en Llanes que impresionan al visitante cuando el mar se halla bravío.


También impresionan los altivos acantilados que combinan a la perfección la verticalidad con la altura. El cabo de Busto en Valdés es buena muestra de ello, y en Vidió, donde se halla uno de los cabos más agrestes con un faro del mismo nombre, los acantilados tienen alrededor de 80 metros de altitud. El occidente asturiano presenta las playas y calas más agrestes, y salvajes. Algunas con accesos tan inhóspitos que aseguran al visitante una tranquilidad absoluta. La riqueza del litoral asturiano también se deja ver en sus fondos marinos que atraen a los amantes de la pesca submarina y a los pescadores de caña.


En la línea costera, se encuentran también importantes villas como Llanes, Ribadesella, Candás, Luarca, Navia, o Tapia, entre otras, que no han olvidado sus raíces marineras aunque sus flotas pesqueras estén en franco retroceso. Y próximas a las villas se hallan pequeños pueblos marineros rebosantes de tipismo. Sus casas encaladas, forman calles estrechas, y muchas de ellas se descuelgan hacia el mar,como ocurre en Viavélez, Ortiguera o Lastres.

  
 La costa asturiana presenta también enclaves de gran interés turístico: como las Cuevas de Tito Bustillo, en Ribadesella. En esta parte de la costa entra en escena uno de esos ingredientes que aumentan el interés. El hallazgo de importantes huellas de reptiles del Jurásico le ha dado a esta zona el sobrenombre de 'la costa de los dinosaurios'. El Muja, Museo del Jurásico, en Colunga, explica detalladamente la presencia de estos animales en tiempos pasados.


Otros moradores del litoral, esta vez en tiempo presente, son las aves, incluidas en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas, como el cormorán moñudo y el paíno, entre otras. Algunas especies como los treparriscos, prefieren los acantilados. Ellos, como los humanos, han aprendido a adaptarse a una costa variada, rica en paisajes y accidentes geográficos.


 Fuente visitada. revistafusion.com/asturias

domingo, 9 de diciembre de 2012

AVILÉS - PASEOS Y PLAYAS


Paseos de ribera-
Por extensos arenales, como el Playón de Bayas y sus 1.800 metros de arena fina; o por el de Salinas, de 2.100 metros, dotado con un paseo marítimo urbanizado; o por el Paseo de la Ría de Avilés, que recorre tres kilómetros a la orilla del agua, comenzando desde el centro de la ciudad hasta las instalaciones de la rula, en la orilla izquierda de la ría.


En su recorrido veremos el puerto deportivo y la conocida escultura de Benjamín Menéndez, icono del concejo de Avilés. Para caminar también es recomendable el Paseo del Arañón, que comienza en el pueblo de San Juan de Nieva se extiende por la margen derecha de la ría y desemboca en la playa del mismo nombre, después de atravesar los curiosos y característicos arcos de roca de la llamada Peña del Caballo. Un poco más allá, el Faro de Avilés reserva unas estupendas vistas.

Desde el Mirador de Bayas se puede iniciar una bonita caminata por la llamada Senda Norte, diez kilómetros de trazado por el litoral marítimo, hasta alcanzar Arnao, donde termina el tramo que atraviesa la comarca.


Salinas forma, junto con la Playa de San Juan, un arenal continuo de casi tres kilómetros de longitud. Es una de las playas mejor comunicadas y concurridas del Principado, también una de las mejores zonas para la práctica del surf. Igualmente, la playa de Salinas cuenta con la prestigiosa Bandera Azul. La zona de dunas del Espartal, las más extensas de Asturias, está declarada Monumento Natural, siendo transitable mediante pasarelas de madera. La Peñona de Salinas, con su puente colgante y Museo de las Anclas Philippe Cousteau, da paso a la Playa del Cuerno, pequeña, rocosa y con fuertes corrientes, muy valorada por los amantes de la pesca deportiva y submarina.


La línea de costa continúa hacia la Playa de Arnao, resguardada y tranquila, "escoltada" por el castillete de la antigua mina de carbón, cuyas galerías se introducen por debajo del mar. Santa María del Mar también está bastante protegida, lo que la hace apta para el baño de los más pequeños. Como Bahinas, situada aproximadamente a dos kilómetros del anterior, un lugar tranquilo, poco concurrido, y con todos los servicios, incluido un camping. Al lado de la peña La Furada se encuentra la playa de Muniellos, pequeña y en forma de concha, que en marea baja permite el acceso a calas cercanas. Finalmente encontramos el arenal de mayor longitud de toda Asturias, Bayas, con sus tres kilómetros.



Fuente visitada. Revista fusionasturias.com