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sábado, 6 de septiembre de 2014
HISTORIA DE IGNACIO GRACIA NORIEGA (COLOMBRES)
Íñigo Noriega Laso fue una de las más fuertes personalidades de la emigración española a las Indias occidentales, que en la segunda mitad del siglo XIX cobra características especiales entre los individuos procedentes de las regiones de la cornisa cantábrica (asturianos, montañeses, vascos y gallegos). Ya por aquel entonces la emigración se regía por normas y constantes muy estrictas. Los «indianos» procedían en su mayoría del mundo rural, embarcaban siendo muy jóvenes, casi niños, y observando el principio irrefutable de comprar barato y vender caro, algunos lograban reunir inmensas fortunas, que les permitían regresar a la aldea de la que habían partido y en la que edificaban el chalé de estilo francés con palmera en el jardín. Don Íñigo Noriega, para dar la medida de su triunfo, edificó una quinta de proporciones palaciegas en su pueblo natal de Colombres, pero no pudo disfrutarlo, porque las circunstancias le impidieron que pudiera culminar su biografía con el regreso. Es personaje vinculado a la gran economía terrateniente y financiera, a la política, a la literatura, a la leyenda y a la historia de México. Cantinero en la ciudad de México, comerciante, tabaquero, hacendado, financiero, fundador de ciudades, amigo y hombre de confianza del presidente Porfirio Díaz, propietario de la mitad del territorio mexicano, es un gran personaje de acción, de novela de aventuras, de tragedia griega y de «western» (su hija Cristina recordaba que se enfrentó él solo con un par de revólveres a una chusma de bandoleros a caballo que asaltaron la diligencia en la que viajaba), que en su edad madura, en los días del declive económico, ejerció el cargo de ayudante del «sheriff» de Cameron County, Texas. Algunos, para halagarle, le comparaban con Hernán Cortés, a lo que matizaba don Íñigo asegurando que se hubiera sentido muy honrado de ser el espolique de «aquel capitán egregio».
Con haber sido mucho, la figura de Íñigo Noriega se redujo en la actualidad a un par de anécdotas, que aunque espléndidas, no son ciertas, y en el caso de la primera se trata de un anacronismo. Siendo todavía muy joven, regentaba en México capital una cantina rotulada El Borrego, propiedad de quien con el tiempo sería su suegro, en la que vendía diferentes bebidas destructivas a los indios, hasta que el gobernador de la ciudad publicó un edicto por el que obligaba a los propietarios de ese tipo de establecimientos que cerrasen sus puertas a las doce de la noche. Don Íñigo, por observar la ley al pie de la letra, quitó las puertas del suyo, de modo que no las podía cerrar. Aquel rasgo de ingenio llegó a oídos del presidente de la república, general Porfirio Díaz, el cual concedió audiencia al joven gachupín, y después de celebrarlo, le aconsejó que volviera a colocar las puertas en su sitio, porque en pleitos con el gobierno siempre se pierde, y también que siendo un joven de talento tan despierto, no lo desperdiciara vendiendo pulque y tequila, sino que lo dedicara a empresas de mayor aliento. Así empezó don Íñigo su carrera imparable, protegido por Díaz. Mas en realidad, en esa realidad que nunca mejora a la leyenda, ni siquiera a la anécdota, don Íñigo fue presentado al presidente mexicano por el también asturiano Juan Llamedo, pariente de Gonzalo Rivaya, por cierto. En cuanto a la quinta «Guadalupe», se contó que la había mandado construir para que en ella viviera el presidente Díaz cuando fue derrocado. Mas no fue así. La quinta había sido construida años antes de que empezara a «rodar la bola» (la revolución mexicana), en 1906, y aunque es cierto que don Íñigo la puso a disposición del presidente cuando se vio obligado a abandonar México, éste rehusó el ofrecimiento y se fue a vivir a París, como corresponde a un buen dictador hispanoamericano o a una testa destronada centroeuropea, siendo enterrado en el cementerio de Montparnasse, frente a la tumba donde yace el poeta Charles Baudelaire. Ironías del destino: Baudelaire y Porfirio Díaz, vecinos por la eternidad.
Íñigo Noriega Laso nació en Colombres el 21 de mayo de 1853, hijo de José Noriega Mendoza y de María Laso Posada, ambos también de Colombres. El matrimonio tuvo cuatro hijos y el padre se dedicaba al cultivo de la manzana y a la fabricación de sidra. Los cuatro hijos del matrimonio emigraron a México, y del mayor, Silvestre, no volvió a saberse. Íñigo, después de cursar los estudios primarios con los monjes de Cóbreces, embarcó en Cádiz con catorce años de edad, en compañía de sus hermanos Remigio y José Benito, los tres reclamados por su tío Íñigo Noriega Mendoza, que tenía un comercio de abarrotes en la ciudad de México y los explotó hasta que pudieron emanciparse. Íñigo entró a trabajar en la cantina El Borrego, y al contraer matrimonio con la hija del dueño, un mexicano llamado Vicente Castro, su suegro le interesó en el negocio. A los 23 años, Íñigo figura inscrito como comerciante, y está interesado en la fábrica de tabacos El Borrego, propiedad de otro familiar, Ignacio Noriega. Se conoce que a los Noriega les gustaban los borregos y el nombre de Ignacio, que se remonta a Ignacio Hevia Noriega, que fue diputado por Colunga de la Junta General del Principado que declaró la guerra a Napoleón. La cantina El Borrego, administrada por Íñigo, vendía al mayoreo y al menudeo vinos importados, conservas y encurtidos, jamones ingleses y norteamericanos, barajas españolas y cigarros habanos y mexicanos, fabricados por la firma El Borrego, de su tío Ignacio.
Por esta época, más o menos, debió efectuarse la primera entrevista entre Íñigo Noriega y Porfirio Díaz, y de ella surgió la concesión por el plazo máximo de 90 años para desecar la laguna de Chalco, lo que transformó aquel caldo de paludismo en la hacienda que no tardó en convertirse en la principal proveedora de maíz y otros cereales a la capital y a otras ciudades próximas. La energía que despliega Noriega a partir de entonces es extraordinaria. En 1880 se crea la sociedad Remigio Noriega y Hermano, en la que el primero aparece al frente de los negocios y don Íñigo como apoderado: pero al igual que Pepe Cosmen, que nunca se presentó con otro título que el de apoderado, el verdadero motor de la empresa era don Íñigo. Con un capital inicial de 100.000 pesos, compraron la herencia de Manuel Mendoza Cortina, que incluía la mina de plata de Tlalchichilpa, las haciendas de «Maplastán» y «Coahuixtla», crédito del ferrocarril de Morelos, existencias de azúcar y aguardiente y casas en las ciudades de México y Toluca. Posteriormente adquirieron grandes fincas de Chihuahua y Tamaulipas, donde se encontraba la finca «La Sauteña», la mayor de los estados de Morelos y Tlaxcala, con una extensión de 394.875 hectáreas y 225.000 cabezas de ganado mayor. A estas explotaciones agrícolas y ganaderas se añadieron las mineras y textiles, entre las que se encontraba la Compañía Industrial de Hilados, Tejidos y Estampados San Antonio Abad y otras empresas anexas. En 1898 se disuelve la sociedad, decidiendo Remigio retirarse de los negocios para dejarle libre el camino a don Íñigo: el cual continúa su marcha imparable para convertirse en el mayor hacendado de México; un paso importante fue comprarle a don Eduardo Zozoya la hacienda «La Compañía» y la concesión para continuar las obras del ferrocarril de Chalco. Para efectuar éstas y otras empresas contó no sólo con el apoyo más o menos explícito del presidente de la república, sino de personal subalterno más o menos cualificado que va desde el ingeniero Roberto Gayol, muy bien relacionado en el ámbito oficial y a quien casó con una de sus hijas, hasta jueces y alcaldes rurales a los que corrompió sin miramientos.
En poco tiempo llegó a poseer las haciendas de Asunción, La Covadonga, Zoquiapán, Chalco, Riofrío, Venta Nueva, La Suateña y la laguna de Xico, de la que desecó diez mil hectáreas y donde mandó levantar un palacio sobre las ruinas de otro que había pertenecido a Hernán Cortés. La primera cosecha de maíz de Xico le produjo una ganancia de un millón de pesos. Fundó las ciudades de Colombres y Ciudad Reinosa, fundó el ferrocarril de Xico y Riofrío a San Rafael, que conectaba sus haciendas con las ciudades de México y Puebla, y es el que aparece en la película «Que viva México», de S. M. Eisenstein, y poseía una tropa de 250 hombres, armados con carabinas 30-30.
Como en Noriega todo era desmesurado, tuvo once hijos legítimos e incontables naturales: según algunos, llegó al centenar. Pero sus relaciones con la familia fueron malas, desheredó a una de sus hijas por no haberse casado con el adecuado, y otra de sus hijas fue asesinada por su hermano, que se suicidó: una extraña historia de locura e incesto, digna de una tragedia griega.
La revolución mexicana puso a don Íñigo contra las cuerdas. Perdió todas sus posesiones rurales, le fueron embargadas las urbanas y en los momentos más virulentos, tuvo que refugiarse en Texas, donde queda dicho que fue «sheriff». Su salud empezaba a resquebrajarse, pero no por ello dejó de luchar, pleiteando tenazmente contra el Gobierno que le había arruinado. El presidente Venustiano Carranza le propuso un acuerdo que incluía la declaración de que nunca había sido amigo de Porfirio Díaz, cosa que el indiano no aceptó. Era valeroso, orgulloso y leal. Murió en México el 4 de diciembre de 1920.
Fuente visitada. www.lne.es
miércoles, 25 de enero de 2012
CASONAS DE INDIANOS-VILLA EXCELSIOR

Podía entrar quien quisiera. «Villa Excelsior», un de las casonas de indianos con más renombre de Valdés, fue lugar para extraños en las últimas dos décadas. Los vecinos de esta gran casona de Barcellina solían comprobar cómo en su interior se adentraba gente, impresionada por las características de la casa. Y también por su abandono. Nadie decía nada. Más que una propiedad privada parecía un lugar de visita obligada para aquellos que desconocían este edificio de 1912 y su gran jardín, aunque todo estuviera al borde del ocaso. Muchos visitaron el inmueble y con cámara en mano retrataron lo que quedaba de esta mansión. Pero eso ahora no es posible.
La vivienda está cerrada a cal y canto. Fue adquirida por una empresa a la familia a finales de 2010. Su portón luce un gran candado. La casona está ahora en plenas reformas y, de momento, se desconoce oficialmente su futuro, si bien hay quien apunta que «Villa Excelsior» podría convertirse en un hotel.
Hubo una época en la era habitual entrar sin permiso y comprobar el estado de esta gran obra del arquitecto Manuel del Busto, señera en la época y que albergaba muebles importados de Londres en barco. Tras la muerte de la última hija del matrimonio, la que vivía en «Villa Excelsior», Esther Méndez de Andés, el abandono fue a más. La casa fue desvalijada por los ladrones, que escenificando una mudanza se llevaron parte de los tesoros que todavía guardaba en su interior. Todavía hoy se desconoce el botín. Años más tarde, muchos se acercaron al jardín, a la vivienda de indianos que nadie custodiaba y que estaba a merced del tiempo y de las visitas de extraños.
La casa que mandó construir el indiano Manuel Méndez de Andés tiene sus secretos. Cuentan los vecinos que el piano del indiano sonaba por todo el pueblo. Eran melodías que reafirmaban la presencia de la casa, la riqueza de la familia, su ostentación. Protegida por una gran muralla, y comunicada con la carretera del faro de Luarca por una pequeña caleya, nunca estas historias de «Villa Excelsior» dejaron de formar parte de las que contaban los abuelos de Barcellina y Villar contaban a sus nietos.
La gran casona tenía billar, todo un símbolo de riqueza indiana en la época. Tampoco faltaba una cuadra para los caballos (Manuel Méndez de Andés era un gran aficionado a los caballos de carreras). Ni, por supuesto, un piano. En «Villa Excelsior» todo era riqueza. Con una planta de unos treinta metros de largo por veinte de ancho, la casa se integró en el paisaje de Barcellina y Villar de Luarca. «La casa de cúpula verde», se conoce entre el vecindario.
Esther Méndez de Andés, que enviudó poco después de casarse, fue la última inquilina que habitó «Villa Excelsior». Ahora ha sido comprada por una empresa y aunque no hay confirmación oficial, parece que se estudia convertir la vivienda en un hotel. En Barcellina y en Luarca, aquellos que vivieron la historia de «Villa Excelsior» se alegran. La casa que fue símbolo de riqueza y que acabó en la ruina volverá a lucir en todo su esplendor. De momento, se ha revisado el estado de la estructura y se ha limpiado, en parte, el entorno.
Construida en 1912, es uno de los conjuntos más señeros de Valdés. Se dice que el propietario ordenó al arquitecto no reparar en gastos y hacer de su casa un palacio. No sólo lo consiguió por su estructura, por sus muebles traídos de Londres o por la exquisita decoración, también por el jardín, que dicen que tenía palmeras del Sahara, de América y un cedro del Líbano.
Con «Villa Excelsior», son dos las casonas de indianos que se han recuperado en el entorno de Luarca. También «Villa Argentina», construida en 1899, corrió la misma suerte. Hoy es un hotel.
Las grandes casonas de los indianos que en un día volvieron a su tierra procedentes de ultramar y cuyas casas destacaban sobre las del resto de los pueblos vuelven a escena. Rehabilitadas como hoteles, o simplemente como casas particulares, vuelven a recordar la vida de personajes acaudalados que con sus viviendas-palacio querían mostrar el final feliz de su historia de emigrantes.
Las paredes de «Villa Excelsior», tantos años calladas, volverán en el futuro a recordar aquella vida de principios del siglo XX.
Fuente visitada.
lne.es
viernes, 1 de julio de 2011
EMIGRACION ASTURIANA

No se puede explicar la emigración asturiana basándose en una sola causa sino de un conjunto de factores, en cada momento y lugar puede pesar alguno más que otro y no se puede generalizar.
Las causas de tipo económico y social: se trata de la explicación más socorrida. Algunos autores consideran que la reducción de la mortalidad unida al mantenimiento de altas tasas de fecundidad supuso un desequilibrio entre población y recursos que el incipiente desarrollo minero e industrial no fue capaz de solventar. Era imposible parcelar más las caserías y las tierras que se roturaban eran de mala calidad. Los resultados eran escaseces y carestías. A esto hay que unir la extensión de la ganadería que provocó una liberación de mano de obra. De ahí que los asturianos se marcharon para obtener bienestar y promoción personal. Pero los propios contemporáneos se extrañan de que los brazos necesarios para la industria llegaran de Castilla. Lo que ocurría es que en Asturias los obreros querían tener además de su trabajo, una pequeña parcela que cultivar y a veces esto era difícil, así que prefieren emigrar. Así pues, son cuestionables las explicaciones de la emigración asturiana sólo como consecuencia de las limitaciones de la economía regional. Interpretando las relaciones de precios y salarios algunos autores se han cuestionado el papel de la miseria absoluta como causa migratoria. En definitiva, la emigración Americana no se nutre solo de campesinos pobres, de ahí la necesidad de ampliar la relación de causas del fenómeno migratorio.
La tradición migratoria e imitación: Un aspecto fundamental que incita al asturiano a emigrar a América son las llamadas que desde allí les hacen parientes o conocidos. Así pues, muchos asturianos no van a la aventura sino a un subsistema conocido, integrado por quienes emigraron antes. A los niños se les inculcaba la idea de que tenían que partir hacia América junto a algún pariente o amigo. En México se habla de una "emigración en cadena" ya que en unas pocas ciudades hay una presencia concentrada de emigrantes del oriente asturiano, ya que unos iban llamando a otros y éstos a su vez a otros. Así pues, según esta interpretación, algunos emigrantes no tienen como fin hacer fortuna, sino aumentar la que tienen, de ahí que no aceptaran trabajar en la región ni trasladarse a Castilla o Madrid.
Servicio militar: La posibilidad de eludir el servicio militar es otra causa que hay que considerar. Éste era un recurso paterno más barato que la redención en metálico y más seguro que el pago de un sustituto. Además de evitar un prolongado servicio de entre 3 y 7 años, se podía compensar la inversión realizada cuando el hijo regresaba enriquecido. Esto implicaba que los hijos se marcharon a los 15 o 16 años antes de la llamada a filas que se producía a los 17.
Los viajes de los emigrantes asturianos a América variaban según las condiciones en que se realizaban. Como ejemplos tenemos el diario de Pedro Fernández de 19 años, embarcado ilegalmente en La Coruña (1899) para Argentina con objeto de liberarse del servicio militar y como contrapunto el viaje a Cuba de Modesto Montoto (1927-28) un hombre con negocios en ese país y en donde podemos apreciar las diferencias de los viajes.
Diario de Pedro Fernández
...dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida. Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armado cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos Leoneses y con esto salvé la situación. Las camas consistían en unos cajones parecido al la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse.
Diario de Modesto Montoto
OCTUBRE 1927 Día 14, viernes: A las nueve de la mañana salimos en auto Faustino y yo para la estación del Norte. Antes me despedí de todos los de casa y de mi hija Carmina, que se encontraba un tanto delicada de salud. En la estación me despedí de Faustino y de Paco Sarandeses y en el tren correo salí para Gijón. Ya en Gijón visité a la familia de Julio Peinado de la que me despedí. Fui a la oficinas de la Transatlántica, donde pagué y me entregaron el billete del pasaje; desde allí, luego de hacer algunas compras, me dirigí al restaurante «Mercedes» en compañía de Julio Peinado, su hijo Juan y su cuñado César y allí almorzamos. A las dos y media salimos los cuatro en el tranvía para el Musel: llovía bastante. En el puerto me esperaban Ángel y Antonio, Alfredo, Angelín, Felicita y Ulpiano. Abreviamos la despedida y como seguía lloviendo se marcharon en sus autos a las cuatro; media hora más tarde abandonaban la cubierta del buque Julio, Juan y César; a las cinco zarpó el «Alfonso XIII». A causa de la lluvia y niebla consiguiente no me fue posible admirar nuestras costas. Con el corazón lanzo un adiós a los míos, a la Santina de Covadonga y a Asturias. Bajé al camarote: anochecía.
caminoreal.com
martes, 26 de abril de 2011
RECLUTAMIENTO MILITAR EN ASTURIAS

Otra de las razones que obligaba al asturiano a emigrar era el servicio militar, el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra "quintos" a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un periodo de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas). El sistema de "quintos" fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc.; el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar. En 1717 una Real Cédula dio lugar a que se recogieran los vagabundos y holgazanes e ingresaran en el ejercito, en 1775 Carlos III ordenó que anualmente se hiciese una leva en Madrid y en todos los pueblos grandes para la recogida de vagabundos, ociosos y mal entretenidos. A los tres días, si no podían justificar ocupación, tenían entre 17 y 36 años y sin impedimento físico, quedaban sujetos al servicio de las armas.
Posteriormente en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, siendo fijada en 1885, en seis mil reales (1500 ptas.) para los destinos peninsulares y en ocho mil reales (2000 ptas.) para los destinos de ultramar; estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos.
Hay que destacar que surgieron compañías de seguros que cubrían este aspecto (pagando a partir del nacimiento del niño) pero su campo de acción estaba más bien en la ciudad, siendo escaso en el ámbito rural.
En el año 1885 también se estableció que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva. También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas. Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas del servicio militar.
Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo). Esta emigración llegó a ser tan alta que en el sorteo de quintos en 1892 había un 78% de ausentes en el municipio de Soto del Barco.
En el periodo de 1915 a 1920 en Asturias se llegó al mayor número de prófugos (exceptuando Canarias) llegando a ser más del doble de la media nacional. El emigrante no manifestaba que su viaje era una forma de evadirse de la "quinta" (ni en el momento de la partida ni tampoco después, para no ser tachado de mal patriota).
Económicos y de población-
Es de tener en cuenta también los factores económicos; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. El periódico "El Carbayón" el 13 de enero de 1881 escribía "Denles (a los labradores) tierra fértil que cultivar y arrendamientos ventajosos, más estimación y menos desdén, alívienlos de los impuestos y disminuyan el precio del arriendo; entonces la emigración disminuirá, porque nadie va a buscar lejos lo que puede hallar en su hogar".
También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar estas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración.
el-caminoreal.com
viernes, 25 de marzo de 2011
LA EMIGRACIÓN ASTURIANA


Muchos emigrantes tomaban la decisión de marcharse gracias a la propaganda de los llamados ganchos, que al servicio de las grandes navieras se dedicaban a hacer publicidad de los viajes y a arreglar el papeleo, incluyendo en ocasiones documentación falsa e incluso canalizaban la emigración clandestina. A pesar de la persecución legal contra estos agentes a partir de la promulgación de la Ley de 1907, sus actividades continuaron, siendo a comienzos de los años 20 más de treinta los agentes de emigración, que operaban en Asturias.
Pero por encima de todo lo mencionado o tal vez como su resultado, lo que realmente influía en la decisión de emigrar eran las ganas de ir a más. El afán de superarse, de hacer riquezas en el nuevo mundo, los deseos de ir a más de alcanzar las riquezas que en su tierra no encontraban, este último factor es posiblemente el más determinante.
Pero por encima de todo lo mencionado o tal vez como su resultado, lo que realmente influía en la decisión de emigrar eran las ganas de ir a más. El afán de superarse, de hacer riquezas en el nuevo mundo, los deseos de ir a más de alcanzar las riquezas que en su tierra no encontraban, este último factor es posiblemente el más determinante.
El emigrante-
En cuanto al perfil del emigrante en general la mayoría de los asturianos que abandonaron la región provenían de un medio rural atrasado y pobre, si bien hay que reseñar que esta pobreza no debía ser absoluta, ya que si no les hubiese sido imposible asumir los gastos del viaje (tenían que tener al menos unas tierras que empeñar para poder costear el viaje). El emigrante solía proceder de una familia numerosa y normalmente era soltero. Casi todos emprendieron el viaje muy jóvenes entre los 12 y los 16 años y con una escasa preparación, por no decir que en muchos casos eran poco más o menos analfabetos. Su destino mayoritario fue la isla de Cuba, seguida ya a cierta distancia de la República Argentina. Otros países iberoamericanos como México, Chile o Puerto Rico también recibieron emigrantes.
En cuanto al perfil del emigrante en general la mayoría de los asturianos que abandonaron la región provenían de un medio rural atrasado y pobre, si bien hay que reseñar que esta pobreza no debía ser absoluta, ya que si no les hubiese sido imposible asumir los gastos del viaje (tenían que tener al menos unas tierras que empeñar para poder costear el viaje). El emigrante solía proceder de una familia numerosa y normalmente era soltero. Casi todos emprendieron el viaje muy jóvenes entre los 12 y los 16 años y con una escasa preparación, por no decir que en muchos casos eran poco más o menos analfabetos. Su destino mayoritario fue la isla de Cuba, seguida ya a cierta distancia de la República Argentina. Otros países iberoamericanos como México, Chile o Puerto Rico también recibieron emigrantes.
Una vez en América eran en muchos casos empleados por familiares o conocidos. En cuanto al sexo mayoritariamente eran varones, especialmente en el XIX, donde la presencia de la mujer no alcanzaba el 10 %, aunque en el XX se producen cambios y se incrementa el número de mujeres, alcanzando en algunos lugares de Asturias cifras superiores al 40 % como en el Franco o en Coaña. Y si en el siglo XIX era normal que la mujer se dirigiese al continente americano para reunirse con el marido que había emigrado con anterioridad, en el XX el objetivo del viaje ya no es este, sino la búsqueda de trabajo. Finalmente en cuanto a los destinos, las mujeres se decantaban mayoritariamente por Argentina.
El viaje-
Antes de salir, el emigrante tiene que cumplir una seria de trámites ayudado por el agente: debía conseguir el pasaporte, una la cédula de vecindad, la licencia, que es el permiso paterno (en caso de ser menor de edad), un reconocimiento médico, la fianza que acreditaba que no tenía cuentas pendientes con la justicia y que estaba exento del servicio militar y la obligación de pago que es el contrato particular entre el emigrante y el armador.
Hay que tener en cuenta que aparte de lo que le costaba el billete, el emigrante debía disponer de una suma para pagar los trámites, la ropa y los efectos personales, el traslado hasta el puerto de embarque, el hospedaje hasta la aparición de vientos favorables y debía reservar una cantidad en efectivo para los primeros días en América. En definitiva, como ya se ha dicho, el emigrante debía disponer de un pequeño capital.
Las partidas de los emigrantes, durante toda la primera mitad del siglo XIX, se
realizaban fundamentalmente desde los puertos asturianos y su transporte lo efectuaba una amplia red de veleros locales, que principalmente salían de los puertos de Avilés, Luarca, Ribadesella y Llanes. Debido a su situación central y a las relativas ventajas que tenían, en relación con los restantes puertos, el de Gijón fue desde donde se llevó a cabo el mayor número de embarques.
A lo largo del siglo XIX el transporte de viajeros se realizaba a bordo de veleros que con buen tiempo tardaban entre 30 y 40 días en llegar.
A principios de siglo XX el vapor se impone en las rutas ultramarinas, por lo que el viaje se redujo a unos 20 días. El problema estaba en que Asturias no contaba con puertos adecuados para su atraque así que hasta que en 1911 no se abra a este tráfico el puerto del Musel, los asturianos tendrán que embarcar en la Coruña, Vigo o Santander.
A partir de 1911, cuando se habilitó el puerto del Musel en Gijón para el embarque de emigrantes, comenzaron a canalizarse a través de él la mayor parte de las salidas y retornos de emigrantes asturianos.
Las condiciones laborales que tenía que soportar el emigrante recién llegado eran muy duras. Solía empezar de aprendiz, que no era otra cosa que el chico para todo del establecimiento, era el conocido como cañonero, ya que estos jóvenes tenían que salir como una bala de cañón en cuanto recibían una orden de su superior.
Estos cañoneros trabajaban, en jornadas laborales larguísimas, solo por la manutención y el alojamiento, que solía ser en el mismo local comercial, llegando en ocasiones a dormir en el suelo de la trastienda. El salario, si es que lo había, era escaso y lo habitual era que se lo quedase el dueño, para entregárselo en un futuro, cuando el joven empleado había dado muestras de su capacidad, lo que unido al escaso tiempo libre, permitía el ahorro. La permanencia en la misma empresa le obligaba a una gran lealtad para con sus jefes.
El ascenso en el escalafón laboral continuaría durante años, pasando de aprendiz a dependiente de primera, dependiente de segunda, contador,… hasta que, por último, ganada toda la confianza del dueño, era nombrado apoderado o gerente de la casa e incluso socio.
Hay que señalar que en realidad los triunfadores fueron muy pocos, que la gran mayoría trabajo mucho para poder ahorrar lo suficiente y volver a España. Y un porcentaje importante fracasó en su aventura de la emigración, Son los “americanos del pote”. La situación de estos hizo aparecer las sociedades de beneficencia e incluso, en ocasiones, el gobierno o español se vio obligado a repartir los llamados medios pasajes para que algunos emigrantes retornasen.
recursosfontan.com
El viaje-
Antes de salir, el emigrante tiene que cumplir una seria de trámites ayudado por el agente: debía conseguir el pasaporte, una la cédula de vecindad, la licencia, que es el permiso paterno (en caso de ser menor de edad), un reconocimiento médico, la fianza que acreditaba que no tenía cuentas pendientes con la justicia y que estaba exento del servicio militar y la obligación de pago que es el contrato particular entre el emigrante y el armador.
Hay que tener en cuenta que aparte de lo que le costaba el billete, el emigrante debía disponer de una suma para pagar los trámites, la ropa y los efectos personales, el traslado hasta el puerto de embarque, el hospedaje hasta la aparición de vientos favorables y debía reservar una cantidad en efectivo para los primeros días en América. En definitiva, como ya se ha dicho, el emigrante debía disponer de un pequeño capital.
Las partidas de los emigrantes, durante toda la primera mitad del siglo XIX, se
realizaban fundamentalmente desde los puertos asturianos y su transporte lo efectuaba una amplia red de veleros locales, que principalmente salían de los puertos de Avilés, Luarca, Ribadesella y Llanes. Debido a su situación central y a las relativas ventajas que tenían, en relación con los restantes puertos, el de Gijón fue desde donde se llevó a cabo el mayor número de embarques.
A lo largo del siglo XIX el transporte de viajeros se realizaba a bordo de veleros que con buen tiempo tardaban entre 30 y 40 días en llegar.
A principios de siglo XX el vapor se impone en las rutas ultramarinas, por lo que el viaje se redujo a unos 20 días. El problema estaba en que Asturias no contaba con puertos adecuados para su atraque así que hasta que en 1911 no se abra a este tráfico el puerto del Musel, los asturianos tendrán que embarcar en la Coruña, Vigo o Santander.
A partir de 1911, cuando se habilitó el puerto del Musel en Gijón para el embarque de emigrantes, comenzaron a canalizarse a través de él la mayor parte de las salidas y retornos de emigrantes asturianos.
Las condiciones laborales que tenía que soportar el emigrante recién llegado eran muy duras. Solía empezar de aprendiz, que no era otra cosa que el chico para todo del establecimiento, era el conocido como cañonero, ya que estos jóvenes tenían que salir como una bala de cañón en cuanto recibían una orden de su superior.
Estos cañoneros trabajaban, en jornadas laborales larguísimas, solo por la manutención y el alojamiento, que solía ser en el mismo local comercial, llegando en ocasiones a dormir en el suelo de la trastienda. El salario, si es que lo había, era escaso y lo habitual era que se lo quedase el dueño, para entregárselo en un futuro, cuando el joven empleado había dado muestras de su capacidad, lo que unido al escaso tiempo libre, permitía el ahorro. La permanencia en la misma empresa le obligaba a una gran lealtad para con sus jefes.
El ascenso en el escalafón laboral continuaría durante años, pasando de aprendiz a dependiente de primera, dependiente de segunda, contador,… hasta que, por último, ganada toda la confianza del dueño, era nombrado apoderado o gerente de la casa e incluso socio.
Hay que señalar que en realidad los triunfadores fueron muy pocos, que la gran mayoría trabajo mucho para poder ahorrar lo suficiente y volver a España. Y un porcentaje importante fracasó en su aventura de la emigración, Son los “americanos del pote”. La situación de estos hizo aparecer las sociedades de beneficencia e incluso, en ocasiones, el gobierno o español se vio obligado a repartir los llamados medios pasajes para que algunos emigrantes retornasen.
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sábado, 26 de junio de 2010
EMIGRACIÓN - 1.886 - FERMÍN CANELLA
(...)Nuestras emigraciones al extranjero son muy limitadas y variables, y las que se verifican frecuentemente son a las antiguas colonias, hoy Republicas de América. En varios concejos del Oriente, con especialidad en Llanes, Peñamellera, Ribadedeva, Ribadesella, Cabrales y Cudillero: en Occidente, hay preferencia por los Estados de Méjico, donde algunos antiguos asturianos, capitalistas importantes, han acomodado a varios paisanos convecinos y éstos a otros parientes; del Occidente y en general, de otros concejos del Centro, hay predilección por la República Argentina, Uruguay, Chile y Perú.(...)por lo que toca a la pedida clasificación de sexos y edades puede, sí, afirmarse, que todos o casi todos los emigrantes son varones, generalmente jóvenes, antes de cumplir los veinte años de edad; hijos en su mayor parte de labradores, siendo excepciones muy contadas los asturianos que allí van a ejercer profesiones liberales. Unos y otros se dirigen a Méjico, Puebla de los Angeles, Buenos Aires, Montevideo, y algunos al Callao, Lima y Valparaiso, todas ciudades importantes en donde los contados emigrantes se destinan generalmente al comercio y son menos los que en el interior se dedican a la agricultura.
(...)La llamada emigración asturiana, siempre temporal, que, como queda dicho en el número primero, no se dirige en gran escala a países extraños, camina preferentemente a las provincias de la Isla de Cuba y no llama la atención el número de los que se ausentan para Puerto Rico e Islas Filipinas, si bien para este archipiélago facilita algunas ausencias, aunque en corta escala, las Ordenes religiosas de Santo Domingo y San Agustín. La emigración a Cuba es periódica y era antes más numerosas que lo es en la actualidad después de la última insurrección cuya larga duración perturbó el desarrollo de aquella rica Antilla. Con el aliciente de buscar rápida riqueza, con el ejemplo de algunos afortunados que retornaron en buena posición a su patria, muchos y muchos asturianos, principalmente de la costa, aunque no faltan del interior, se han ausentado para aquella isla; los emigrantes pertenecían y pertenecen, como es lógico, a las clases humildes que, haciendo los mayores sacrificios para equipo y pasaje, mandaban allí a los jóvenes; y sería verdaderamente aterradora la estadística de los que en aquellas remotas playas han perecido por causas de todos conocidas, comparando su número con el de los que viven y particularmente con los que han logrado hacer una fortuna verdadera, consumiendo allí los mejores años de su vida.
Por lo que toca a la época de la emigración diremos: que generalmente, desde los puertos de Gijón y Avilés se ausentaban y ausentan en los meses de otoño y primeros de invierno, residiendo con preferencia en las capitales aunque no pocos en poblados, ingenios y potreros;
retornan periódicamente a Asturias , remiten en todos los correos cantidades y pequeños giros;
a la postre en ella se establecen los ricos, convirtiéndose con afán en propietarios de tierras, y siendo exagerados fisiócratas, contribuyen al alto precio de la propiedad territorial y elevan como resultado de ello la renta del colono para que el capital empleado en la tierra dé un interés, que no es muy proporcionado frecuentemente por el atraso del cultivo.
(...)La justa aspiración que sienten todos los hombres a mejorar su estado y a proporcionarse medios de subsistencias, es la que naturalmente mueve a los asturianos para abandonar su querida provincia, ante la estrechez y penuria anejas al estado actual de la propiedad, sin olvidar la general aversión, al servicio de las armas.
Se dice también que el exceso de población, en relación con la producción, motiva la ausencia de los asturianos, pero si esto es exacto, no es aquí tan irremediable este hecho económico. Lo que sucede en Asturias como en otras comarcas de España, es que sus habitantes no hallan medios fáciles y prontos de aumentar la producción ni de sacar utilidad natural de su agricultura e industria que, en general, permanecen tristemente atrasadas en la mayoría de los concejos, por falta de instrucción y vías de comunicación y como consecuencia lógica, por rutinas y preocupaciones que dominan a casi todos en todo.
( Fermín Canella Secades, Estudios Asturianos - Oviedo, 1.886.)
viernes, 16 de abril de 2010
QUE TE FAIGAS RICU
. ¡QUE TE FAIGAS RICU!Majestuosamente
D’un puertu con niebla,
Desatraca un barcu
De porte y presencia.
Cruxe un calabrote.
Pita la sirena.
Voces en el puente.
Muncha xente en tierra.
(-¡Adiós!, fíu del alma.
-¡Adíos!, madre bona.
-¡Que te faigas ricu!
-¡La Virxen la oiga!
-¡Que Dios t’acompañe!
-¡A osté que tá sola!)
…………………………….
Gaviotes lu escolten
Hasta juera el puertu.
Déxenlu allá lexos.
Dicen-i hasta lluegu.
Entovía vense
Los blancos pañuelos;
Palombines blanques
Que lleven consuelos
Y porten p’el aire
Los últimos besos.
El sol v’acostase
Y dexa a un lluceru
Que custodie al barcu
En el so cruceru.
La postrer gaviota
Pierdese ‘nel vuelu.
Ya en sombres el barcu
Quédase en silenciu.
En mediu la noche,
Una voz entona
Amorosamente
Añorante copla.
Les máquines chirríen;
El vapor resopla.
………………..
Y allá, baxu el cielo,
Un neñu na proa,
Cara a les estrelles,
Reza,
Suaña,
Y llora.
(M.C.)
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