sábado, 6 de septiembre de 2014

HISTORIA DE IGNACIO GRACIA NORIEGA (COLOMBRES)


Íñigo Noriega Laso fue una de las más fuertes personalidades de la emigración española a las Indias occidentales, que en la segunda mitad del siglo XIX cobra características especiales entre los individuos procedentes de las regiones de la cornisa cantábrica (asturianos, montañeses, vascos y gallegos). Ya por aquel entonces la emigración se regía por normas y constantes muy estrictas. Los «indianos» procedían en su mayoría del mundo rural, embarcaban siendo muy jóvenes, casi niños, y observando el principio irrefutable de comprar barato y vender caro, algunos lograban reunir inmensas fortunas, que les permitían regresar a la aldea de la que habían partido y en la que edificaban el chalé de estilo francés con palmera en el jardín. Don Íñigo Noriega, para dar la medida de su triunfo, edificó una quinta de proporciones palaciegas en su pueblo natal de Colombres, pero no pudo disfrutarlo, porque las circunstancias le impidieron que pudiera culminar su biografía con el regreso. Es personaje vinculado a la gran economía terrateniente y financiera, a la política, a la literatura, a la leyenda y a la historia de México. Cantinero en la ciudad de México, comerciante, tabaquero, hacendado, financiero, fundador de ciudades, amigo y hombre de confianza del presidente Porfirio Díaz, propietario de la mitad del territorio mexicano, es un gran personaje de acción, de novela de aventuras, de tragedia griega y de «western» (su hija Cristina recordaba que se enfrentó él solo con un par de revólveres a una chusma de bandoleros a caballo que asaltaron la diligencia en la que viajaba), que en su edad madura, en los días del declive económico, ejerció el cargo de ayudante del «sheriff» de Cameron County, Texas. Algunos, para halagarle, le comparaban con Hernán Cortés, a lo que matizaba don Íñigo asegurando que se hubiera sentido muy honrado de ser el espolique de «aquel capitán egregio».


Con haber sido mucho, la figura de Íñigo Noriega se redujo en la actualidad a un par de anécdotas, que aunque espléndidas, no son ciertas, y en el caso de la primera se trata de un anacronismo. Siendo todavía muy joven, regentaba en México capital una cantina rotulada El Borrego, propiedad de quien con el tiempo sería su suegro, en la que vendía diferentes bebidas destructivas a los indios, hasta que el gobernador de la ciudad publicó un edicto por el que obligaba a los propietarios de ese tipo de establecimientos que cerrasen sus puertas a las doce de la noche. Don Íñigo, por observar la ley al pie de la letra, quitó las puertas del suyo, de modo que no las podía cerrar. Aquel rasgo de ingenio llegó a oídos del presidente de la república, general Porfirio Díaz, el cual concedió audiencia al joven gachupín, y después de celebrarlo, le aconsejó que volviera a colocar las puertas en su sitio, porque en pleitos con el gobierno siempre se pierde, y también que siendo un joven de talento tan despierto, no lo desperdiciara vendiendo pulque y tequila, sino que lo dedicara a empresas de mayor aliento. Así empezó don Íñigo su carrera imparable, protegido por Díaz. Mas en realidad, en esa realidad que nunca mejora a la leyenda, ni siquiera a la anécdota, don Íñigo fue presentado al presidente mexicano por el también asturiano Juan Llamedo, pariente de Gonzalo Rivaya, por cierto. En cuanto a la quinta «Guadalupe», se contó que la había mandado construir para que en ella viviera el presidente Díaz cuando fue derrocado. Mas no fue así. La quinta había sido construida años antes de que empezara a «rodar la bola» (la revolución mexicana), en 1906, y aunque es cierto que don Íñigo la puso a disposición del presidente cuando se vio obligado a abandonar México, éste rehusó el ofrecimiento y se fue a vivir a París, como corresponde a un buen dictador hispanoamericano o a una testa destronada centroeuropea, siendo enterrado en el cementerio de Montparnasse, frente a la tumba donde yace el poeta Charles Baudelaire. Ironías del destino: Baudelaire y Porfirio Díaz, vecinos por la eternidad.


Íñigo Noriega Laso nació en Colombres el 21 de mayo de 1853, hijo de José Noriega Mendoza y de María Laso Posada, ambos también de Colombres. El matrimonio tuvo cuatro hijos y el padre se dedicaba al cultivo de la manzana y a la fabricación de sidra. Los cuatro hijos del matrimonio emigraron a México, y del mayor, Silvestre, no volvió a saberse. Íñigo, después de cursar los estudios primarios con los monjes de Cóbreces, embarcó en Cádiz con catorce años de edad, en compañía de sus hermanos Remigio y José Benito, los tres reclamados por su tío Íñigo Noriega Mendoza, que tenía un comercio de abarrotes en la ciudad de México y los explotó hasta que pudieron emanciparse. Íñigo entró a trabajar en la cantina El Borrego, y al contraer matrimonio con la hija del dueño, un mexicano llamado Vicente Castro, su suegro le interesó en el negocio. A los 23 años, Íñigo figura inscrito como comerciante, y está interesado en la fábrica de tabacos El Borrego, propiedad de otro familiar, Ignacio Noriega. Se conoce que a los Noriega les gustaban los borregos y el nombre de Ignacio, que se remonta a Ignacio Hevia Noriega, que fue diputado por Colunga de la Junta General del Principado que declaró la guerra a Napoleón. La cantina El Borrego, administrada por Íñigo, vendía al mayoreo y al menudeo vinos importados, conservas y encurtidos, jamones ingleses y norteamericanos, barajas españolas y cigarros habanos y mexicanos, fabricados por la firma El Borrego, de su tío Ignacio.


Por esta época, más o menos, debió efectuarse la primera entrevista entre Íñigo Noriega y Porfirio Díaz, y de ella surgió la concesión por el plazo máximo de 90 años para desecar la laguna de Chalco, lo que transformó aquel caldo de paludismo en la hacienda que no tardó en convertirse en la principal proveedora de maíz y otros cereales a la capital y a otras ciudades próximas. La energía que despliega Noriega a partir de entonces es extraordinaria. En 1880 se crea la sociedad Remigio Noriega y Hermano, en la que el primero aparece al frente de los negocios y don Íñigo como apoderado: pero al igual que Pepe Cosmen, que nunca se presentó con otro título que el de apoderado, el verdadero motor de la empresa era don Íñigo. Con un capital inicial de 100.000 pesos, compraron la herencia de Manuel Mendoza Cortina, que incluía la mina de plata de Tlalchichilpa, las haciendas de «Maplastán» y «Coahuixtla», crédito del ferrocarril de Morelos, existencias de azúcar y aguardiente y casas en las ciudades de México y Toluca. Posteriormente adquirieron grandes fincas de Chihuahua y Tamaulipas, donde se encontraba la finca «La Sauteña», la mayor de los estados de Morelos y Tlaxcala, con una extensión de 394.875 hectáreas y 225.000 cabezas de ganado mayor. A estas explotaciones agrícolas y ganaderas se añadieron las mineras y textiles, entre las que se encontraba la Compañía Industrial de Hilados, Tejidos y Estampados San Antonio Abad y otras empresas anexas. En 1898 se disuelve la sociedad, decidiendo Remigio retirarse de los negocios para dejarle libre el camino a don Íñigo: el cual continúa su marcha imparable para convertirse en el mayor hacendado de México; un paso importante fue comprarle a don Eduardo Zozoya la hacienda «La Compañía» y la concesión para continuar las obras del ferrocarril de Chalco. Para efectuar éstas y otras empresas contó no sólo con el apoyo más o menos explícito del presidente de la república, sino de personal subalterno más o menos cualificado que va desde el ingeniero Roberto Gayol, muy bien relacionado en el ámbito oficial y a quien casó con una de sus hijas, hasta jueces y alcaldes rurales a los que corrompió sin miramientos.


En poco tiempo llegó a poseer las haciendas de Asunción, La Covadonga, Zoquiapán, Chalco, Riofrío, Venta Nueva, La Suateña y la laguna de Xico, de la que desecó diez mil hectáreas y donde mandó levantar un palacio sobre las ruinas de otro que había pertenecido a Hernán Cortés. La primera cosecha de maíz de Xico le produjo una ganancia de un millón de pesos. Fundó las ciudades de Colombres y Ciudad Reinosa, fundó el ferrocarril de Xico y Riofrío a San Rafael, que conectaba sus haciendas con las ciudades de México y Puebla, y es el que aparece en la película «Que viva México», de S. M. Eisenstein, y poseía una tropa de 250 hombres, armados con carabinas 30-30.


Como en Noriega todo era desmesurado, tuvo once hijos legítimos e incontables naturales: según algunos, llegó al centenar. Pero sus relaciones con la familia fueron malas, desheredó a una de sus hijas por no haberse casado con el adecuado, y otra de sus hijas fue asesinada por su hermano, que se suicidó: una extraña historia de locura e incesto, digna de una tragedia griega.

La revolución mexicana puso a don Íñigo contra las cuerdas. Perdió todas sus posesiones rurales, le fueron embargadas las urbanas y en los momentos más virulentos, tuvo que refugiarse en Texas, donde queda dicho que fue «sheriff». Su salud empezaba a resquebrajarse, pero no por ello dejó de luchar, pleiteando tenazmente contra el Gobierno que le había arruinado. El presidente Venustiano Carranza le propuso un acuerdo que incluía la declaración de que nunca había sido amigo de Porfirio Díaz, cosa que el indiano no aceptó. Era valeroso, orgulloso y leal. Murió en México el 4 de diciembre de 1920.

Fuente visitada. www.lne.es

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