viernes, 9 de diciembre de 2011

OLVIDADO FRASSINELLI


"La cueva del Cuélebre, en Corao, aún conserva la mesa de trabajo de Roberto Frassinelli, que a menudo desarrollaba allí sus proyectos. ARMANDO ÁLVAREZ"

Hay dos caminos que conducen a Abamia. El primero, el más usado, es el que marca la carretera que nace a las afueras de Corao y se extingue, tras pasar junto al cementerio del pueblo, al pie de uno de los enclaves más legendarios de Asturias. El segundo lo recorre una senda que arranca de un hermosísimo castañedo centenario, al pie del río Güe.a, y lleva el nombre de Roberto Frassinelli. Es uno de los pocos recuerdos que quedan por allí de la existencia de un personaje tan controvertido como fascinante y de cuyo nacimiento se cumplen ahora doscientos años. Roberto Frassinelli y Burnitz, el alemán de Corao, habitó estas tierras desde 1854 hasta su muerte, en 1887, y dejó en ellas tal impronta que es imposible recorrerlas sin tener presente su memoria.
Lo que ocurre es que no todos la conservan. El camarero del bar donde nos detenemos a tomar un café antes de iniciar la ruta lleva allí unos pocos meses y ni ha oído hablar de Frassinelli ni ha entrado nunca en la iglesia donde está su sepultura. La dueña de la tienda que se abre en los bajos de una casa aledaña nos informa, con reticencias, de que la mansión donde vivió está en obras y la cueva del Cuélebre, el abrigo natural al que se retiraba a pensar y dibujar, es una propiedad privada que forma parte de una finca donde habitualmente pasta ganado.
Damos un paseo para cerciorarnos. Efectivamente, la casona que un día habitó Roberto Frassinelli está vallada y resulta imposible intentar internarse en ella. Construida entre los siglos XVII y XVIII, está rodeada por un grueso muro de piedra y cuenta con un añadido reciente que pugna por integrarse de forma natural en la fábrica, aunque la estridencia resulta inevitable.
Junto a la portilla, un cartel cuenta que el edificio es la "sede de la colección privada de Don Maximino Blanco del Dago sobre historia local, destacando los apartados de cerámica asturiana, los relojes de Basilio Sobrecueva, la historia de Covadonga y los dibujos de Frassinelli".
El alemán, cuyo nombre lleva una de las calles que flanquean la mansión, se instaló aquí tras contraer matrimonio con Ramona Domingo Díaz y convirtió el jardín en una suerte de laboratorio botánico donde, según dicen, llegó a cultivar hasta veinte clases diferentes de manzana. Nada queda hoy de aquello. En el pueblo nos dicen que van a convertirlo todo en museo, pero nadie sabe dar demasiadas indicaciones ni puede aventurar una fecha para su puesta en marcha.
Tampoco tienen de Frassinelli más que referencias vagas e inconcretas, aunque siempre rodeadas de un aura casi mítica. No es raro: el viajero que terminó haciendo su vida en este rincón perdido en el corazón de Asturias había estudiado varias asignaturas en Tubinga y tenía amplios conocimientos derivados tanto de sus estudios como de su pertenencia a alguna que otra sociedad secreta de corte revolucionario que posiblemente otorgasen a su talante algún que otro signo tirando a masónico.
Es fácil imaginar lo estrambóticos que debían de resultar los usos y costumbres de Frassinelli a los ojos de unos vecinos, los del Corao de mediados del XIX, que, si bien solían ver por allí a determinados miembros de la aristocracia que pasaban sus momentos de asueto por aquellos lares, de ningún modo estaban acostumbrados a ese tipo de modus vivendi que pronto comenzó a configu rar la leyenda apócrifa de un personaje que respondía, punto por punto, al arquetipo del aventurero romántico.

A la sombra del cuélebre.
De igual modo, tenía que sorprenderles su costumbre de retirarse a meditar y trabajar a la llamada cueva del Cuélebre, un abrigo natural abierto a unos pocos metros de su casa y que, según cierta leyenda popular, estaba habitado por uno de esos seres, acaso el más terrible de todos cuantos conforman la mitología astur. Se cuenta que Frassinelli encontró allí varias piezas prehistóricas, pero lo más llamativo es que instaló en ella su propio gabinete. Hoy es difícil llegar hasta esa oquedad abierta en la montaña. En parte porque, como se ha dicho, forma parte de una propiedad privada y hay que contar con el visto bueno del propietario o confiar, sencillamente, en la providencia y la buena fe de quienes puedan sorprender a dos intrusos caminando por prados ajenos.
Allí se conserva la mesa de trabajo de Frassinelli, aunque malamente: los vaivenes del tiempo (y, posiblemente, los empellones de las reses) han acabado por derrumbar el tablero central, que ahora apoya uno de sus bordes en el suelo y deja medio huérfano el pilar sobre el que originalmente se asentaba. De todos modos, el lugar mantiene intacta su magia y ofrece una magnífica vis ta de la aldea de Corao, con la casona en primer plano, y permite que el viajero se recree en la contemplación de un paisaje que tuvo que parecerse mucho al que él observaba mientras iba progresando en sus proyectos.
Pero hablábamos de Abamia, y aunque llegar hasta allí no es difícil, sí que lo es entrar en la iglesia de Santa Eulalia. Conseguimos contactar con el párroco, que vive en Mestas de Con, y accede a abrirnos la puerta pese a que la Consejería le ha prohibido hacer uso de él “para cualquier cosa que no tenga que ver con la liturgia”.
Manuel López explica que en el último año sólo ha oficiado una misa en el templo, que permanece cerrado al culto y que perdió definitivamente su antiguo esplendor en 1904, cuando quedó desahuciado por ruina y se edificó una nueva iglesia en Corao para dar servicio a los feligreses.
De cualquier forma, el sacerdote explica que los vecinos siguen sintiendo “mucha devoción” por el edificio, una magnífica fábrica románica levantada entre los siglos XIII y XIV y que según la tradición se construyó sobre un templo anterior, del siglo VIII, que ordenó construir el mismísimo rey Pelayo. En el interior (donde llaman la atención las pinturas murales del ábside, que se conservan casi de milagro) están, precisamente, las estelas funerarias del primer monarca asturiano –cuyos restos se trasladaron a Covadonga en tiempos de Alfonso I– y los de su mujer, Gaudosia, con la que al parecer contrajo matrimonio entre estas mismas paredes. Pero no conviene distraerse, porque lo que más nos interesa está a los pies del templo: muy cerca de la puerta que permite el ingreso desde el oeste,una modesta losa de pizarra indica que allí reposan los restos de Roberto Frassinelli y Burnitz, fallecido en Corao el 22 de junio de 1887.
Sus huesos no siempre estuvieron allí. Originalmente, el alemán recibió sepultura en el pequeño cementerio, hoy semiabandonado, que hay a espaldas de la iglesia. Respecto a ésta, cabe decir que Santa Eulalia sigue siendo magnífica pese a que la restauración reciente, acometida a instancias de la Consejería de Cultura, ha deslucido notablemente su exterior y, para más inri, también puso en peligro los espléndidos espléndidos tejos que la rodean. Fue en 1977 cuando tres entusiastas de Frassinelli exhumaron sus restos del nicho donde yacían, que se vendría abajo poco después, para trasladarlos al interior de una iglesia que él había estudiado a fondo, algo normal si se tiene en cuenta que el alemán descubrió aquellos parajes embebido de un espíritu romántico que se tradujo en su entusiasta admiración de la historia y los paisajes que ofrecían los espectaculares Picos de Europa, dos elementos que se conjugaban en un enclave situado a nueve o diez kilómetros de Corao y que fueron el motivo de sus principales desvelos. Nos estamos refiriendo, claro está, a Covadonga.

El camarín y la basílica.
El santuario fue el lugar en el que más trabajó Frassinelli y, curiosamente, es el que peor conserva hoy su memoria. No hay allí placa alguna que le recuerde, pese a que Alejandro Pidal, uno de sus más íntimos amigos, dejó constancia en un sentido obituario de la conveniencia de rendirle perpetua memoria en los dominios de La Santina. No era una afirmación caprichosa: puede decirse que Frassinelli descubrió Covadonga en un momento en el que aquello estaba en franca decadencia, y fue su colaboración con el obispo Sanz y Forés, con el que trabó amistad muy pronto, la que terminó convirtiendo aquel prodigio natural en el espacio que es hoy. Guiado más por el ya mencionado afán romántico que por una verdadera espiritualidad que, en el caso del alemán, debía de tener notorias particularidades, Frassinelli quiso rendir homenaje al Arte Asturiano, que él había descubierto ya en 1844, en el tiempo que pasó trabajando para la Comisión Nacional de Monumentos, y diseñó para la cueva un camarín que hoy ya no existe y que constituía todo un homenaje a la arquitectura desarrollada en tiempos de la Monarquía Asturiana. También a él se le debe el diseño de la basílica, pese a que la factura final no es obra suya, sino de Federico Aparici, el arquitecto a quien le encargaron el proyecto después de que Sanz y Forés fuese relegado en la curia ovetense por Martínez Vigil y Frassinelli, en consecuencia, cayera en desgracia. Tan sólo la cripta, que suele estar cerrada al público, le pertenece íntegramente, aunque el resultado final del templo respetase, en esencia, las líneas maestras de los bocetos originales, como se puede comprobar a poco que se comparen las ideas originales de Frassinelli con la materialización definitiva del edificio.
La última parada del camino nos conduce, irremediablemente, a la montaña. En la ya mencionada semblanza necrológica, Alejandro Pidal escribió a propósito de su amigo que “su verdadero teatro eran los Picos de Europa”. Pedro Pidal, hijo del anterior y primer escalador del Urriellu, reconoció a Frassinelli como uno de los “precursores” del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga.
Son sólo dos de los testimonios que dan fe de su afición por la naturaleza, que llevaba a emprender larguísimas caminatas desde Corao hasta aquellas cumbres, donde el alemán daba rienda suelta a aficiones tan estrambóticas como la de revolcarse desnudo entre la nieve.
Aquella senda que tomamos al principio de este texto y que nos conducía hasta Abamia tiene su prolongación en una ruta que concluye en los Lagos de Covadonga. Allí, en un recodo de la Vega del Enol, se encuentra un lugar semiescondido al que Frassinelli iba a tomar baños y que desde entonces recibe el nombre de Pozo del Alemán. En realidad, la denominación permanece en el imaginario popular, porque en todo el entorno del Enol y el Ercina no encontramos un triste cartel que indique la dirección.
Sólo preguntando a un guarda conseguimos dar con un camino que parte de la orilla del Enol en dirección al oeste, y cuando pensamos que hemos extraviado definitivamente el rumbo damos con un lugareño que nos asegura que no, que seguimos en la dirección correcta.
Hay que llegar hasta el final de la senda, hasta un inmenso cartel que informa de los peligros que acechan a quienes, en vez de interrumpir sus pasos, prefieran proseguir ruta, para hacer caso omiso de las advertencias y continuar caminando unos dos kilómetros hasta llegar a un puente que, sobre el río Pomperi, marca la presencia del pozo, una oquedad natural que crea un pequeño estanque donde reposan, mansas, las primeras hojas caídas del otoño.
Por descontado, no hay señal alguna allí que recuerde a Frassinelli, como tampoco las hay en muchos de los enclaves que fueron testigos de su vida y sus afanes. Ni siquiera las instituciones, que tan sensibles dicen ser a los asuntos relacionados con el patrimonio, han tenido reflejos suficientes para aprovechar el bicentenario y rendir un homenaje, por pequeño que fuese, a una de las más encantadoras figuras de la heterodoxia asturiana.
Las huellas del alemán de Corao, pese a todo, continúan presentes en el epicentro sentimental de Asturias, secretamente dispuestas para todos aquellos que tengan la iniciativa de seguirlas.
MIGUEL BARRERO / CORAO/COVADONGA
Fuente visitada.
lavozdeasturias.es

2 comentarios:

  1. Una lástima que un pesonaje tan importante para la cultura asturiana haya caído en el olvido, la verdad es que yo creía que Frassinelli era más recordado.
    Un saludo.

    ResponderEliminar