viernes, 8 de octubre de 2010

LA BANDURRIA ASTURIANA


A pesar del paso del tiempo y de la pérdida de la gente mayor que nos hace de transmisor en la tradición, gracias al trabajo de investigación de campo, hoy en día es todavía posible encontrarse con auténticos tesoros etnográficos que nos unen, en algunas ocasiones, a épocas medievales con poco que miremos. Este es el caso de un instrumento musical de cuerda utilizado en Asturies y llamado bandurria.
No es este el instrumento más popularizado y usado en formaciones como tunas y rondallas, sino otro con forma de 8, que lleva tres cuerdas de tripa frotadas con un arco y que se toca sentado con el entre las piernas.
El estudio sobre la bandurria nos lleva a la vinculación de la aparición de esta tipología de instrumentos a la época del románico gracias a la conservación de diversa iconografía y documentación donde se aprecia su relación ornamental, morfológica, y posiblemente, todavía una manera de interpretar.

Lo que en el oriente de Asturies, y también en el occidente de Cantabria, se conoce con el nombre de bandurria, es un instrumento de cuerda frotada con un arco, rabil, o cayáu. Según los modelos encontrados, hechos en Asturies desde hace unos 150 años, por lo menos, las medidas que tienen los instrumentos estudiados van entre los 50 y 62 cms., de largo por 14 a 22 cms. de ancho, y 6 a 8 de altura.
La cara de atrás de la caja es siempre plana y suele llevar unas tallas con dibujos geométricos, zigzagueados, unos rosetones, cruces, caras, rayas, unos grabados, o se ve el intento de hacerlos, todo al estilo ornamental tradicional en Asturies en muebles, aperos y hórreos, y que nos hace vislumbrar un pasado medieval y su relación con el arte románico solo con verlo. En esas tallas también suele ponerse información a través de letras o símbolos, de quien es, o era, el artesano o dueño. Algunas bandurrias llevan la fecha de su construcción.
El pellejo es elemento imprescindible de la bandurria y cubre la caja de resonancia. Suele ser de cabrito y va asegurado a la caja con unos clavitos de madera llamados también tornos.

Se denomina caballu a una pieza de madera, a manera de puente, donde reposan las cuerdas sobre el pellejo y que sirve para transmitir su vibración al instrumento. Hay que darse cuenta de que los instrumentos llevan el caballu plano porque se tocan todas las cuerdas al mismo tiempo.

El restriellu es otra pieza muy importante en el estudio del instrumento. Es una pieza de madera o hueso, a la que van las cuerdas y que vale para sujetar y aguantar por la tensión al afinar la bandurria. Son piezas que, gracias a su talla y diseño, en la mayoría de los casos encontrados son auténticas joyas de arte tradicional.

El rabil es un elemento externo al instrumento, pero imprescindible para hacerlo sonar. Es una varita curva de madera, con un manojo de cadejos, generalmente de cola de caballo, que se sujetan en los extremos. Estos pelos son los que se frotan por las cuerdas y sirven para que suenen al rozar por ellas.

La posición para tocar una bandurria es sentado y con ella entre las piernas. Esta postura diferencia y extrema este instrumento y sus músicos de otros.

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jueves, 7 de octubre de 2010

HISTORIA DE LA VÍA CARISA


La historia de la vía Carisa, paso montañoso fundamental en el proceso de romanización de las tribus astures, está escrita en dos monedas. Dos acuñaciones que han permitido confirmar a los arqueólogos que las tropas imperiales que entraron en la región pertenecían a la V Legión Alaudæ y que sus integrantes fueron quienes construyeron, a más de 1.750 metros de altura, el campamento del monte Curriechos, en el límite entre los concejos de Aller y Lena, ante la férrea defensa indígena establecida en el cercano pico Homón de Faro.
La primera de estas monedas. Se trata de una acuñación gala que data del 50 antes de Cristo y representa a Cayo Julio César con el símbolo del elefante. Todo hace indicar que formó parte de la paga de un legionario de la V Alaudae que peleó en la Galia Cisalpina (norte de Italia) y que, tiempo después, la perdió en el monte Curriechos. El hallazgo ha permitido confirmar la adscripción de las tropas encargadas de la conquista del territorio que hoy es Asturias: la primera Legión constituida por elementos no latinos, la V Alauae.
La segunda moneda localizada. Fue acuñada por Publio Carisio, gobernador de Lusitania y encargado de apaciguar a las revoltosas tribus del Norte, las de los cántabros y los astures. El hallazgo ha permitido datar la construcción del campamento del monte Curriechos en el año 25 antes de Cristo, muy posiblemente sobre otro anterior erigido en la campaña militar precedente.

Las dos monedas suponen importantes pruebas documentales para fijar el verdadero valor de los hallazgos del monte Curriechos y del pico Homón de Faro. Los arqueólogos Jorge Camino, Yolanda Viniegra y Rogelio Estrada acaban de concluir la segunda temporada de excavaciones en este enclave. El balance confirma la mayor parte de las hipótesis planteadas desde que dio comienzo la investigación. La Carisa fue el primer escenario bélico de la romanización astur, aunque no se pueda asegurar que acogiera una gran batalla. El límite territorial entre Aller y Lena compuso un teatro guerrero integrado por un magno campamento imperial y una espectacular muralla defensiva astur, con más de 400 metros de longitud y en torno a cinco de alto. Los hallazgos son de tal relevancia que obligan a continuar la investigación en años venideros.

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«En Occidente, casi toda Hispania estaba pacificada, excepto la que baña el océano Citerior y toca a las montañas de la extremidad del Pirineo. Aquí se agitaban dos pueblos muy fuertes aún no sometidos: los cántabros y los astures».
Año 25 antes de Cristo. Un imponente Ejército romano cruza la cordillera Cantábrica en dirección a la Asturias Transmontana. El avance de los legionarios,pertenecientes a la V Alaudae, es lento. Caminan y construyen una nueva calzada. Le pondrán el nombre de Carisa. Un homenaje a Publio Carisio,gobernador de Lusitania y el encargado de «meter en cintura» a las díscolas tribus astures y cántabras.
Los pobladores del territorio que hoy es Asturias advierten pronto el avance romano y se conjuran para defender un espacio geográfico que ya entienden como propio. Según los expertos, la necesidad de plantar cara al invasor despierta por primera vez el sentimiento de pertenencia a una comunidad y a una tierra.
No hay tiempo que perder. Los pueblos indígenas suben a la Cordillera y en el pico Homón de Faro deciden levantar una gran muralla defensiva para evitar la invasión imperial. La labor es ingente y ocupa a un gran número de guerreros y auxiliares. El muro tendrá 400 metros de longitud y casi cinco de altura. Además, incorporará un gran escarpe rocoso. Cientos de astures se acantonan en la plaza fuerte. Están listos para la batalla.
Los romanos siguen avanzando. A un kilómetro del Homón de Faro se dan cuenta de que la muralla indígena les corta totalmente el paso.
El experto del Ministerio de Defensa que visitó el enclave este verano ha confirmado que el emplazamiento de la defensa astur es «impecable» desde el punto de vista estratégico. Domina por completo la ruta en su parte más angosta. Los romanos serían aplastados si decidieran continuar adelante, hacia el Valle.
La teoría principal que manejan los arqueólogos Jorge Camino, Yolanda Viniegra y Rogelio Estrada, encargados de la investigación de la zona, es que la muralla defensiva astur obligó a los romanos a acampar en el monte Curriechos, a más de 1.700 metros de altitud.
Así se compuso el primer teatro bélico de la romanización astur. Dos ejércitos y dos culturas frente a frente en plena cordillera Cantábrica. Unos, los indígenas, parapetados tras su muralla defensiva del Homón de Faro y dispuestos a dejarse la piel para salvaguardar la independencia de sus valles. Los otros, los del Imperio, acampados en el monte Curriechos. Entre ambos, pasa la vía Carisa, entrada a la Asturias Transmontana y al «corazón» de las tierras de unas tribus que Roma quería domesticar de una vez por todas.

usuarios.multimania.es

miércoles, 6 de octubre de 2010

FERROCARRIL Y PUERTO DE GIJÓN


FERROCARRILES

El Ferrocarril de Langreo, inaugurado el 25 de Agosto de 1852, fue el primero de los ferrocarriles mineros, para transportar el carbón desde la cuenca del Nalón a los puertos del Cantábrico. Después, el Ferrocarril Vasco Asturiano se tendió para trasladar el carbón de las minas de la cuenca del Caudal, en especial al puerto de San Esteban de Pravia. Los tramos de vía ancha, a finales del siglo XIX estaban ya terminados. Después fueron integrados en RENFE. El Oviedo a Trubia se inauguró en 1883. En el año 1884 se completaba la línea Gijón-León, con las rampas y túneles de Pajares. En el año 1894 se abren los ramales de Villabona a Avilés y de Soto del Rey a El Entrego. El Ferrocarril de Carreño, fue también minero, pero de hierro, entre Avilés y Gijón. A principio del siglo XX se inició el proyecto del Ferrocarril de San Martín del Rey Aurelio, por Lieres, al Musel, con la idea del transporte del carbón por una zona desatendida, pero ese proyecto fracasó rotundamente. Después de la Guerra Civil española se inician las obras de un nuevo Ferrocarril, desde la mina de La Camocha, situada cerca de la costa gijonesa. Un ferrocarril que se inaugura en 1949.

PUERTO

En el año 1480, los Reyes Católicos dan su autorización para que en Gijón se construya un puerto y se le faciliten los medios para llevarlo a cabo.
A partir de entonces, la historia de Gijón aparece vinculada estrechamente al desarrollo de su puerto. Al final del siglo XV, se crea el primer muelle de mar, complementado en 1552 con un muelle de tierra. Así, Gijón comienza su actual fisonomía hacia el año 1600, al extenderse sobre el arenal que ponía cerco a su antiguo asentamiento.
El Real Decreto de 1765 y el Reglamento de 1778 fueron dos disposiciones que permitieron al puerto de Gijón el libre comercio con las colonias americanas, lo que llevó a la villa a conocer un progresivo crecimiento, que se concretó en el Plan de Mejoras para la ciudad, diseñado por Jovellanos, y aprobado por el Ayuntamiento en 1782.
El calado insuficiente de El Muelle de Gijón hizo imprescindible la construcción
del puerto exterior de El Musel, después de discusiones entre los partidarios de una simple ampliación del puerto local,”apagadoristas”, y los “muselistas”, se resolvió con la Ley de Puertos de 1852, que señalaba el Puerto de El Musel como el más adecuado puerto de refugio de Asturias. En el año 1862, Salustio González Regueral refuerza esa tesis con su amplio Informe. En1865, se dicta una Real Orden que señala la conveniencia de hacer importantes obras en el puerto de El Musel.. Comenzarían las obras con retraso, por lo que no fue activo hasta el año 1907. Un retraso que no favoreció al Muelle gijonés, sino a los puertos de Avilés y San Esteban de Pravia, que fueron, durante aquellos años, los puntos de embarque del carbón asturiano que les llegaba en el Ferrocarril de Langreo, de Norte o de la Compañía Vasco-Asturiana.

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lunes, 4 de octubre de 2010

ENTRADA DE LA PATATA EN ASTURIAS


En Asturias, la primera descripción de la patata está relacionada también con otro grupo marginal, los vaqueiros. Escribe Jovellanos en su novena carta a Ponz que «hay algunos que a la cría de ganados juntan el cultivo de las patatas, y los que así lo hacen, apenas conocen otro alimento que este fruto y la leche; mas como no sea dado a todos los vaqueiros la proporción de este cultivo, porque o la esterilidad o la estrechez del suelo lo rehúsa, los que carecen de tan buen auxilio tienen que comprar maíz, pues viven de boroña o de una especie de polentas hechas con harina de este grano». José Caso anota a propósito de este párrafo: «Creo que es este el primer testimonio del cultivo de la patata en Asturias y testimonio curioso; recuérdese que todavía hacia 1817 se leía a los campesinos días festivos una real orden que recomendaba a las autoridades locales a los párrocos que aconsejasen el cultivo de la patata, contra la que había grandes prevenciones». Esto es: que aunque algunos vaqueiros las cultivasen, el resto de los asturianos las rechazaban. Más o menos de la misma época que la carta de Jovellanos en es el «Diálogo de las glorias de Asturias», del clérigo de Villaviciosa Bruno Fernández Cepeda, en el que aparece la patata entre los productos de la huerta de Asturias.

Eduardo Méndez Riestra adelanta un poco la mención de las primeras patatas asturianas. «La mención más antigua parece corresponder al año 1753, en el concejo de Boal, registrándose otras para Navia y Villaviciosa en 1772. El propio Jovellanos las menta en sus Diarios, aún con el nombre de 'batatas', e incluso en alguna ocasión con el de 'castañas de Indias' según se la denominaba a veces por entonces. El geógrafo Fermín Rodríguez considera que su adaptación se habría dado previamente en Europa, como prueba el hecho de que algunos las conocieran como 'patatas de Francia' y en Asturias habría penetrado a través de los concejos limítrofes con Galicia, región en la que el cultivo se documenta en 1788».

El botánico Durieu, que recorrió Asturias en 1835, aporta una noticia de gran interés: «Actualmente, lo mismo que en la parte llana de Asturias, también se producen abundantes patatas en el valle del Naviego, prósperamente cultivadas por todas partes hasta la región subalpina, de igual modo que el centeno, los cuales constituyen casi el principal alimento de los moradores. En Asturias, su reciente aparición fue poco afortunada en los comienzos, porque el clero, sintiendo la consiguiente disminución del tributo diezmal (ya que los llamados frutos nuevos no se consideraban diezmables), se desató desde los púlpitos contra la 'raíz del diablo', e hizo todo lo posible por arrojar de la provincia la especie advenediza, consiguiéndolo de primera intención; pero luego, como reapareciera el exótico tubérculo y suscitase idéntica tempestad, por la protección de las autoridades pudo resistir con más fortuna y consolidarse finalmente, de tal manera que su cultivo rotatorio se ha hecho común hasta en los últimos valles de Asturias, como e las cultas regiones de nuestra Europa septentrional. Indicio de que los españoles se van civilizando muy digno de subrayarse».
No obstante, este tardío cultivo de la patata tuvo algún efecto benéfico ya que al producirse la plaga de la patata a mediados del siglo XIX a causa de la sarna ordinaria de la patata y de la «phytophtora infestas» no tuvo las desoladoras consecuencias que en otros lugares, como Irlanda, por ejemplo, por estar los cultivos más diversificados, y no obstante alcanzar la hambruna también aquí proporciones gravísimas, agravadas por la actuación de un gobernador civil harto incivil. Y a pesar de todo y bien mediado el siglo, Alejandro Oliván anota en su «Manual de agricultura» en 1856, que «se encuentran gentes que desdeñan la comida de la patata».
Pero los prejuicios fueron derrumbándose poco a poco, y el 25 de octubre de 1878, Máximo Fuertes Acebedo escribe en la «Revista de Asturias» que «cuando se pudieron apreciar las excelentes cualidades de esta planta alimenticia y sus aplicaciones a la industria, la patata fue cultivada con interés en todas las comarcas del mundo, así en las altas montañas como en las riberas del mar, pues en todas partes se arraiga, vive, crece y fructifica».

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PLANTAS Y ARBUSTOS MÁGICOS

Apio.
Se utiliza debajo de la almohada para inducir al sueño. Algunas fuentes aseguran que las brujas comían semillas de apio antes de volar, para no marearse y caer.

Borraja.
Según la tradición, ponerse una flor de borraja en el ojal sirve de protección al salir a la calle.

Trébol.
Se le supone que da buena suerte. Más concretamente: un trébol de dos hojas atrae a un amante; uno de tres hojas, sirve de amuleto; uno de cuatro hojas, atrae la riqueza y el amor; si tiene cinco hojas, es poderoso para atraer riquezas

Violeta.
Se dice que cortar la primera violeta que se vea en primavera atraerá al amor. Se utilizaba antiguamente para los filtros de amor. Su perfume tiene supuestas virtudes afrodisíacas y también se dice que ponerse una corona con violetas elimina el dolor de cabeza

Verbena.
Conocida como Hierba de los hechizos, Hierba sagrada (en francés) o Hierba de la Gracia (en inglés), ha sido tradicionalmente una planta muy empleada en la tradición mágica europea. Los antiguos celtas la consideraban uno de los arbustos sagrados y la tenían en gran estima, por sus supuestas virtudes como protectora contra el mal (salpicaban la casa con una infusión hecha de hojas de verbena) y para atraer prosperidad económica y ayudar al crecimiento de las cosechas (enterrando una hoja de verbena en el terreno de la casa). Tradicionalmente, debía recogerse en verano, en un momento en que no puedan verse en el cielo el sol, ni la luna, y preferentemente la noche de San Juan. Se asocia al elemento Tierra y a las deidades femeninas.

Tomillo.
El tomillo se quema para purificar el ambiente y librarlo de influencias negativas. También se quema para atraer la buena salud. Para dormir sin pesadillas, se coloca bajo la almohada. Al igual que sucede con su pariente el serpol, se dice que llevarlo en el pelo vuelve irresistible a la mujer y que quien lleva una ramita encima es capaz de ver hadas.

Salvia.
Se dice que proporciona una garantía de larga vida, comiendo un poco cada día, que fomenta la sabiduría y que protege contra el mal de ojo. Se utilizaba como oráculo amoroso (para visualizar al futuro marido). Cuentan que sembrar salvia en el propio jardín trae mala suerte y que hay que buscar a un extraño para que haga el trabajo y que nunca hay que plantarla sola, sino compartiendo espacio con otras plantas.

Romero.
Es una de las plantas favoritas del saber mágico popular. Se utiliza, tal vez por sus propiedades aromáticas, para purificar y proteger personas y lugares. Antiguamente, se quemaba en las habitaciones de los enfermos, para purificar el ambiente. Al igual que otras labiadas aromáticas, se utiliza para invocar la buena salud y se echa al agua del baño para purificarla. También se dice que fortalece la memoria y que oler su madera con frecuencia conserva la juventud.

Hinojo.
En la antigüedad, se colgaba en las puertas de las casas para ahuyentar los malos espíritus o el "mal de ojo". Los romanos utilizaban en sus ceremonias el tirso, hecho de enormes tallos de hinojo y conos de pino unidos por los extremos. Se dice que cultivarlo cerca de la casa, la protege y que si se lleva encima un saquito de semillas cura las enfermedades.

Hierba de San Juan.
En la Edad Media, se quemaba en las casas en las que se creía que había entrado el demonio, hasta tal punto que era conocida como Fuga daemonium ("espantademonios"). Algunos nombres populares, como el francés y el italiano, son reminiscencias de aquel sobrenombre. Se dice que cura la melancolía (recordemos que es un buen antidepresivo natural) y que atrae el amor. En la cultura celta, se decía que las hadas malas, los duendes y los magos de malas intenciones no entrarían nunca en una casa cuyas ventanas estuvieran protegidas por ramitos de esta planta.

Albahaca.
También llamada "Hierba de la bruja", se le suponen múltiples virtudes mágicas, muchas relacionadas con el amor, como por ejemplo, el predecir, puesta en la
mano de alguien, si es promiscuo o poco fiel: según la tradición, si la planta se marchita en seguida, mejor se busca otra pareja. Por el contrario, espolvoreada sobre la persona amada mientras ésta duerme, dicen que asegura su fidelidad.

Celedonia.
Se dice que, si se lleva encima durante un juicio, sirve para ganarse el favor del juez, o del jurado.

Brezo.
Llamado Ur por los antiguos celtas, se asociaba, junto al muérdago, al color púrpura y a la curación y el desarrollo a nivel espiritual. Se utiliza, en el solsticio de verano, para aumentar el amor y la protección
la curación y el desarrollo a nivel espiritual. Se utiliza, en el solsticio de verano, para aumentar el amor y la protección.

Fuente www.telecable.es/

sábado, 2 de octubre de 2010

LA MUERTE DE AURELIO - LUCIANO CASTAÑÓN


El péndulo humano había, inercialmente, dejado de balancearse. La cuerda era resistente, y la viga de la panera, a pesar de su vetustez, sostenía bien el peso. Panera que con el tiempo fue perdiendo la esbeltez, la presunción de su puerta coloreada y con fecha rememorativa de su construcción; panera cobijo de insectos, ahora inútil por abandonada, sin que en su corredor amarillearan las ristras maiceras. El ostensible deterioro de la panera coincidía con la decadencia de la contigua casa: paredes desconchadas, aleros desdentados, tejado semihundido...Se presumía la ruina de todo lo que hacía bastantes años era una casería pretenciosa, con el esplendor de la sidra cuando se embotellaba y llegaban los probadores de la villa con su sapiencia de paladar experto, cuando se sembraba el trigo luego mayado al ritmo de brazos y de cantares; cuando la colada se hacía clásica y ortodoxamente; cuando la siega de la hierba obligaba a contratar braceros y la intermitencia de lo agrario mantenía alerta la atención de las estaciones; cuando las vacas se consideraban como unos componentes más de la familia y los carros rebosantes de heno avanzaban cansinamente hasta la puerta de la tenada; cuando las pomaradas bullían de color y las "coyedoras y pañadoras"se afanaban; cuando el maizal enarbolaba sus enhiestos verdes hasta que en el momento de la esfoyaza apareciera el granado fruto...
Parecía que el detrimento de la casería había ido consecuentemente concatenado a la muerte de cada habitante, hasta quedar solamente Aurelio. Una familia de varias personas que fueron pausadamente falleciendo, y cada desaparecido suponía un desgajamiento en la unidad casera, ambiental y cotidiana; una resquebrajadura de los corazones, una ausencia irrecuperable que dejaba de sembrar, cuidar el semillero, llendar, catar, alimentar las gallinas... Los menesteres campesinos iban perdiendo así, persona a persona, a quienes tenían cada labor como función consuetudinaria de su existencia.
La vivienda, aislada, estaba rodeada de las heredades que conformaban la casería, con su llosa, sus huertas, prados y pomaradas, sin olvidar la higuera, los olmos guardianes del riachuelo, los cerezales traidores, los piescales serondos en su fruto, los nozales, la tilar, los matos como cobijadores de la menuda fauna.
Los hábitos campesinos escasas veces se veían entonces alterados; quizás cuando las excepciones urgían. Desplazarse al molino suponía un ir y volver alegre; lo mismo si había que herrar al caballo; o bien prender los borrones tras la arada; avisar al veterinario; la casual llegada del cartero; ir a un entierro con toda secuela de chismes; llevar la vaca a la parada; participar en una sextaferia... A veces se trataba de minucias, pero que sajaban el diario y sempiterno quehacer campesino, compendio de unas inexcusables labores: hacer leña, quitarle la pepita a una gallina, cabruñar la guadaña, preparar la comida, sallar, poner les fabes con su vaina al sol... Más entretenimiento suponía, por comunitaria, la participación de una andecha, en una esfoyaza, y no digamos en un funeral o en una boda, circunstancias que, pese a su oposición, servían en el campo de aglutinante de seres que raramente coincidían, por lo que, en tales ocasiones, las preguntas por familiares, amigos y otras circunstancias se enhebraban en el cabildo, bajo el secular tejo o al pie del rústico campanario, humilde y desafiante a los vientos.

Aurelio era un hombre cuya vida campesina lo absorbía, teniendo marcadas sus horas, que le designaban ineludiblemente la faena de cada momento. Pero al ir falleciendo sus hermanos, la acritud de ánimo fue postergando su humor y su vitalidad. Engañado, casi anciano, se casó, y el matrimonio le produjo más amargura. No recogía ya las nueces, fue vendiendo el ganado, no plantaba ni arrendaba; la ilusión se había ahogado en el río que surtía al molino de Riera- agua
pesada o huidiza y sonora que tantas veces había contemplado cuando de niño iba a llevar el maíz o a recoger la maquilada harina -. Se encontró en un desamparo que fue royendo su mente acumuladora de tristes presagios. Ya nada significaba para él lo que en otro tiempo tanto supuso: el bramar el ternero y de su madre la Estrella, a la que Aurelio tanto quería - amaba -
porque se comprendían en todos los momentos que se necesitaban: al ordeñarla era paciente, al llendarla no escapaba, al uncirla obedecía e incluso colaboraba con él si la otra vaca resultaba testaruda e indócil...
LA GINETA

Destacaban las manchas negras sobre su piel gris y la también línea oscura recorriéndola dorsalmente. Su hocico era prospector en un cuerpo largo y flexible rematado en una larga cola. Ávida, y aunque omnívora, suponía el terror para los conejos , topos, ratones y musarañas, no despreciando los escarabajos, los saltamontes e incluso pájaros que lograba alcanzar por su elasticidad.

Aurelio había quedado sorprendido alguna vez con la rapidez y agilidad de la gineta. Mediante gritos y pedradas la hacía huir, aunque nunca le había disparado con su escopeta, porque dudaba de la eficacia de su puntería y consideraba que resultaría fallido su deseo de exterminio.

Ahora, al final de la tarde, la gineta, ahíta, en espera no obstante de nuevas capturas antes de regresar a su vivienda en el hueco de un gran roble albar, miraba con ojos de sorpresa el estirado cuerpo del hombre, oblongo, todo él como una unidad con las piernas juntas y los brazos flácidos pegados al cuerpo rodeado de aire.
Como las veces en que se preveía una víctima y traidoramente esperaba la ocasión propicia de la captura, ahora también permanecía inmóvil, pues había detectado la presencia de otros animales asimismo semiescondidos entre los aperos bajo la panera: narria, azadas, carro, triente, lingazos, foces, gradia..., esparcidos por el suelo y también entre alguna maleza que silvestremente crecía aprovechando el abandono que padecía toda la casa y su entorno. Abandono a causa de que Aurelio se sentía viejo, y su tardía esposa estaba obsesionada con pasar el tiempo en la ciudad, ignorando todo lo que supusiera atención a lo agropecuario en la casería. La mirada de la gineta, pese a su normalidad, no parecía exenta de cierta viveza, como aflorándole el instinto de una estrategia depredadora, cuando desde su campo de acción - los árboles - observaba la presunta víctima. Ella conocía a Aurelio, el voceador: ¡¡Ah...!! ¡¡Eh...!! El que le lanzaba piedras que nunca llegaban a su destino. La elástica gineta sentíase segura y no la intranquilizaba el lugar; el hombre gritador y lanzador de piedras estaba ahora quieto, colgando verticalmente en el aire; claramente se comprendía que ningún daño podía hacerle.

EL TURÓN

El anegrado turón; con sus alburas dibujando su cabeza aplastada, se había apelotonado dudoso entre unas piedras que dejaban el resquicio suficiente para ver al hombre pendiente del piso de la panera. Sus pelillos hociqueriles rozaban a veces alguna superficie, y ello lo alertaba. El bicho había alterado su costumbre de permanecer encamado durante el día en lo más abrupto de la maleza. El atardecer suponía normalmente, su despertador; era él quien le indicaba la hora de realizar sus posibles capturas desde alguna de sus múltiples guaridas, pues utilizaba las más diversas moradas.
Aurelio era quien, en cierta ocasión, le había colocado una trampa. El turón lo sabía. Una trampa muy simple: el alambre con un cerco y nudo corredizo, dispuesto en el lugar del matorral por el que el turón acostumbraba a pasar; si metía su cabeza allí, estaba perdido, pues se ahogaría en un intento desesperado de huida. Pero Aurelio fracasó en su propósito, ya que el turón incluso había visto al hombre colocar el cepo, y por eso cambió su itinerario. ¿ Por qué lo quería matar Aurelio? ¿Para aprovechar su piel? ¿Por los conejos que le había destrozado? Por lo que hubiera sido, ya no podría cumplir sus deseos, porque el hombre, en su quietud colgante, hierático, estatuario en levitación, ya no podría colocar el alambre traidoramente disimulado por las bajas hojas del bardal y algunas plantas que por su densidad propiciaban la ocultación de la asesina trampa.
LA GARDUÑA

La garduña había aparecido por la casería en raras ocasiones, procedente de un bosque prolífico en hayas. Pero una hermana de Aurelio la había visto cierto amanecer al levantarse muy pronto por la necesidad de estar en la villa a primera hora de la mañana. Era invierno, época en la que la garduña suele descender hacia la zona rural. Lo que sorprendió a la hermana de Aurelio fue la facilidad con que el animal trepaba por el tronco a fin de aprovecharse de un panal silvestre encajado en la horquilla de dos ramas.
Nuevamente la garduña se había desplazado hasta la casa, y ahora, desde el cobijo de unas frondosas matas, observaba el cuerpo suspendido de Aurelio, a la vez que adivinaba la presencia de otros animales bajo la panera. Había intentado vanamente alimentarse durante la noche y, cansada, se había adormilado en un rincón que ella creía seguro, hasta que la despertaron, el paso de otros seres y también, en esta ocasión, cierto grito agónico y humano. Algún pájaro la distraía, pero durante el vuelo le era imposible su captura, que solía practicar en los crepúsculos, aprovechando el sueño pajaril, y utilizando igualmente los huevos que agujereaba diestramente para sorber su contenido. Dudaba para salir de su guarida y desplazarse en breves saltos hasta el lugar donde la esperaban las crías. Alternaba su mirada entre lo que posiblemente cobijaba el suelo bajo la panera - otros animales - y el hombre vertical, cariátide exenta, cadáver pendular, flaco y descamisado.

LA ESPOSA

¿La esposa? Aurelio se había casado a una edad impropia por lo avanzada. Fue un matrimonio manipulado. El engaño: él, Aurelio ya no estaría solo si se casaba con aquella mujer. Pero la esposa no quiso saber nada de la casería, de las labores propias de una hacienda rural en la que todo gira alrededor de lo que la tierra y el ganado producen. Manejó, eso sí - porque disponía de una locuacidad convincente -, el dinero que pertenecía a su marido: el producto de la venta de la leche, de los terneros, de las cosechas..., todo iba a su poder para dilapidarlo mediante los embaucamientos con que engañaba a Aurelio. La realidad era que aprovechaba cualquier mínima circunstancia para desplazarse a la ciudad, de la que recresaba en taxi al amanecer, después de haber participado mucho tiempo, viciosamente, en juegos de azar.
Estas ausencias nocturnas fueron minando las cavilaciones de Aurelio, que, al fin, reconoció la incompatibilidad total con la mujer que le habían preparado como esposa.
Cuando la mujer llegó a casa aquella mañana en la que la gineta, el turón y la garduña habían observado extrañados la postura de Aurelio pendiente bajo la panera, dijo para sí: " Aquél parece Aurelio". Se cercioró. Estaba muerto. Ahorcado, sí.
Pagó al taxista, que quedó en avisar a la Guardia Civil.

El silencio de la remansada mañana apenas era alterado por ruidos disimulados de alguna alimaña. Ningún pájaro piaba. Callaba la brisa. En las sarmentosas ramas de los pomares ya bullían brotes. La mujer pensó que alguien descolgaría a Aurelio, y también que desde ahora era la dueña de toda la casería - por lo que podría jugar y disponer de sus horarios más libremente -. Un haz solar agudizó el perfil diagonal del muerto.

Cuentos de la Asturias rural
Luciano Castañón-(1.926-1.987)

viernes, 1 de octubre de 2010

CASTRO DE LA CAMPA DE TORRES


El castro de la Campa Torres u Oppidum de Noega es un asentamiento fortificado típico de los astures, situado al oeste de la ciudad de Gijón, en el Principado de Asturias, España, concretamente en el promontorio de la Campa Torres, fácilmente reconocible por ser el elemento topográfico que protege la ensenada del actual puerto de El Musel; para los marineros gijoneses, su perfil recortado en el horizonte recibe el nombre de La Muyerona. Fue fundado por los cilúrnigos, una gens de los astures.

CASTRO DE NOEGA

Estructura del poblado
En el yacimiento arqueológico, hoy día, se puede diferenciar dos grandes áreas: el conjunto defensivo y la llanada interior o "campa" o poblado.
El conjunto defensivo del castro está compuesto por: un foso en forma de V y excavado en la roca base, contrafoso o muralla inferior, antecastro y muralla. Todos estos elementos forman uno de los conjuntos de arquitectura más espectacular y absolutamente desconocida en fechas tan antiguas en la fachada atlántica peninsular, ya que su construcción puede datarse a mediados del siglo VII a. C. o inicios del siglo VI a. C.
En la llanada interior o poblado se deben distinguir dos tipos de arquitectura doméstica: las cabañas astures y las viviendas romanas. Cronológicamente hay que precisar que las indígenas aparecen en el castro con su fundación y perduran en los primeros momentos de la romanización; el cambio de era es el punto de partida para las primeras construcciones romanas, que verán su decadencia en los finales del siglo III e inicios del IV d. C.
Se han localizado cabañas astures en dos zonas del yacimiento, inmediatamente detrás de la muralla y en la campa propiamente dicha. Todas las casas astures estaban construidas con materiales de carácter perecedero (madera, barro, hierba, paja, etc.), presentan planta circular o semicircular, hogares decorados o no y pavimentos de arcilla compactada. Las viviendas son modestas, en ellas, sólo debían desarrollarse unas pocas actividades, como dormir, guarecerse de las inclemencias del tiempo y guardar sus enseres más preciados.
Las casas romanas son de planta cuadrangular; existen desde los modelos más sencillos de un cubiculum a las de varias habitaciones. Estaban construidas con piedra del lugar, utlizando barro como argamasa y en algunos casos trozos de tegulae y ladrillos. Los pavimentos los constituían arcillas y diminutos cantos rodados. Los tejados podían ser de dos o cuatro aguas y estaban construidos mediante estructura de madera a la que se fijaban las tejas

Los primeros habitantes de Noega (astures) descubrieron la existencia de manantiales subterráneos y captaron sus aguas mediante la construcción de pozos y aljibes para abastecer al poblado.
Los primeros pobladores de Noega se llamaron a sí mismos cilúrnigos, nombre de raíz céltica que posiblemente significa los caldereros, y que tal vez hacía referencia a una de sus actividades más importantes: la fundición de metales.

La metalurgia
Los astures de Noega se dedicaban fundamentalmente a la fundición del bronce (aleación de cobre y estaño), oro, plata y siderurgia del hierro. Esta labor exigía unos profundos conocimientos sobre la metalurgia, ya que los indígenas obtuvieron un gran rendimiento, convirtiendo al poblado de Noega en uno de los asentamientos más ricos de toda la costa Cantábrica. En el yacimiento, se han recuperdo gran número de objetos como prueba de esta actividad: crisoles, toberas, moldes de fundición, lingoteras, fíbulas, pendientes, pasadores, agujas, anzuelos, anillos, cuentas, etc.

La agricultura y recolección
La agricultura es una de las actividades peor constatadas en el registro arqueológico de la Campa Torres, pero se han conservado restos de trigo vestido o escanda (Triticum dicoccum) y cebada (Hordeum vulgare). El primero pnaificable, que es preciso descascarillar, y con paja aprovechada como alimento para ganado o cubrimiento de los tejados; la segunda, se debía consumir en forma de gachas, como las tradicionales fariñes o farrapes asturianas, y también se pudo usar para obtener diversas bebidas, como la cerveza o el agua de cebada. La escasez de cereales en el norte obligó a sus habitantes a buscar otro tipo de recursos vegetales par suplir esta deficiencia, siendo uno de ellos la bellota, que permite tras su tostado y machacado obtener una harina que podía ser consumida como la cebada. Posiblemente se consumió la berza silvestre (Brassica Oleracea).Las avellanas y nueces completarían el panorama alimenticio de origen vegetal constatado en Noega.

La ganadería
Por los análisis faunísticos realizados en la Campa Torres se sabe que los astures eran ganaderos. Destaca en su cabaña la abundancia de bóvidos (Bos taurus), que debió ser el animal más aprovechable para consumo cárnico, utilizado también por sus productos lácteos y como animal de tiro, ya que parece clara la existencia en estas fechas del carro. El hecho de que se haya observado que buena parte de los restos de vacuno sacrificados posea menos de dos años de edad implica un despilfarro, denotador de una riqueza suficiente como para no esperar al período de plenitud del animal, pues es en esta época cuando ha alcanzado el peso óptimo y la madurez reproductora.

Le siguen por importancia los ovicápridos, dominando las ovejas sobre las cabras; su carne se consumía cuando los animales contaban entre año y medio y dos año, es decir, después del primer parto, aunque no de descarta su uso como fuentes de recursos cárnicos, lácteos y de lana. El cerdo ocupa el tercer lugar en la cabaña ganadera de los Cilúrnigos, aunque es difícil diferenciar los restos del cerdo doméstico del jabalí. No se descara la posibilidad del mestizaje entre ambos, al poseer una cierta semilibertad este tipo de animales.
El asturcón o caballo cuenta con una presencia relativamente escasa: en un principio se pensó que los animales de la Campa Torres habían sido cazados, pero el análisis meticuloso de los restos se observó que se trataba de caballos viejos y domésticos, al aparecer lesiones en las patas delanteras, características de animales de monta por cargar el peso sobe dichas extremidades, a diferencia de los de tiro, que las padecen en las patas traseras. En algún ejemplar aparecen marcas de descarnamiento en edades anteriores a los cinco años, de lo que se deduce un fin alimentario o sacrificial. El perro es un animal pocas veces aludido en la prehistoria cantábrica, pero en Noega, se cuenta con restos de tres ejemplares de buen tamaño que debieron ser utilizados en el pastoreo, así como en la caza, y no consumidos habitualmente.

La caza, la pesca y el marisqueo
La práctica cinegética por parte de los Cilúrnigos era considerada como una actidad lúdica, deportiva o de obtención ocasional de carne al margen de los animales domésticos criados en el poblado. La especie más cazada era el ciervo que debía encontrarse en los bosques al sur de la península de Torres, generalmente ejemplares jóvenes (menos de cinco años), pero no siempre, ya que también se han encontrado restos de cuernas trabajadas de animales mayores. El resto de especies cinegéticas se completa con jabalíes, cabras montesas, corzos y varios tipos de aves.
La pesca era una actividad que se realizaba en el litoral inmediato, en especial en zonas rocosas próximas y en menor grado en playas. Entre las capturas más frecuentes se pueden destacar la maragota, el sargo (la chopa), el pargo, la breca, la dorada, la lubina, el mújol y el chicharro. Excepcionalmente se han encontrado restos de caballa o verdel, especie pelágica, pero se puede asegurar que hayan realizado pesca de mayor altura, ya que esta especie se aproxima a la costa estacionalmente. Todo hace suponer que la pesca se realizaba bien desde tierra o bien desde pequeñas embarcaciones muy rudimentarias, al haberse encontrado anzuelos de varios tipos y tamaños, pero ningún tipo de pesas perforas o entalladas, como ocurre en otros yacimientos del noreste y que nos informarían del uso de la red.
Se han encontrado restos del aprovechamiento de de diversos tipos de moluscos, principalmente de roca y también de arena. Han aparecido concheros en el interior de la muralla con restos de lapas, monodontas, mejillones, berberechos, percebes, caracolas y erizos de mar, Es indudable que fueron destinados al consumo, apareciendo entremezclados con espinas de pescado e incluso con marcas de fuego, pero también tuvieron un uso ornamental o como menaje. De entre los crustáceos sólo el consumo de buey de mar o ñocla ha dejado constancia. Un hallazgo excepcional en el castro, fue la aparición de restos de ballena gris en niveles muy antiguos astures, probablemente se trató de un animal varado en la costa del que debieron aprovechar tantos su carne, grasa y huesos.
Los romanos en Noega modificarán sustancialmente las formas tradicionales de vida, de manera que, a partir del siglo II se inicia un proceso lento e irreversible de abandono del poblado, en favor de un nueva ciudad surgida al abrigo del cerro de Santa Catalina, para desaparecer definitivamente alrededor del siglo IV. El importante Oppidum Noega de otro tiempo sólo será recordado como un lugar de ruinas y no como el emplazamiento donde unas gentes iniciaron la génesis del actual Gijón.
(wikipedia)