miércoles, 5 de junio de 2013

LA COMIDA EN LA ASTURIAS DEL S. XVI



El recuerdo del paso de Carlos I por Asturias (con motivo del centenario de su nacimiento) ha planteado en Colombres la pregunta de qué comería durante su estancia en estas tierras y, en consecuencia, cómo sería la dieta de los asturianos en aquella época, comienzos del siglo XVI. Porque debe tenerse en cuenta que durante la primera noche de navegación, a la salida de Flesinga se incendia una de las cuarenta naves de la gran flota real, precisamente la que transportaba las caballerías y los cocineros, por lo que el rey (que es como le denomina su cronista Laurent Vital, aunque todavía no lo fuera) y quienes le acompañaban, hubieron de alimentarse con lo que era la alimentación normal de los asturianos de aquel tiempo.
Debe tenerse en cuenta también que Asturias era una tierra pobre y aislada, y, por tanto, mal abastecida: el gran problema de Asturias por aquel tiempo, y hasta hace poco, fue el de los aprovisionamientos. En Colunga, Vital (cronista, por lo demás, de buena conformidad, si lo comparamos con nuestros escritores clásicos, que tanto denostaron las posadas de su tiempo, o con los viajeros de los siglos XVIII y, sobre todo, XIX) se queja de que en aquella tierra no se pueden obtener las comodidades más elementales ni por más dinero de lo que valieran.

No obstante, Vital reconoce que «el que va por los campos, de un país a otro está sujeto a los alojamientos tal como los puede hallar: unas veces buenos, otras muy malos».


Desde luego, don Carlos y su séquito, al desembarcar en Asturias. No podían ni soñar con ser recibidos con los banquetes con los que fueron despedidos en Flandes, algunos, como el que se dio en Bruselas con motivo de las fiestas del Toisón de Oro, de magnificencia medieval. Aunque ven tierra en Tazones, prefieren tomar tierra en Villaviciosa, suponiendo que, por ser mayor, estará mejor abastecida. Pero una vez en ella, apenas encuentran qué cenar, por lo que han de improvisar una tortilla, con huevos y carne de cerdo.

Corre una leyenda, difundida, entre otros, por don Constantino Cabal, sobre que a don Carlos le sirvieron sardinas, y él, aunque le gustaron de primer sabor, las despreció cuando se enteró de que era tal su abundancia que las aprovechaban para cuchar los campos. Al día siguiente, los señores y gobernadores de la villa obsequiaron a don Carlos con seis vacas, veinticuatro corderos, doce cestos de pan blanco y varios pellejos de vino.

En Nueva de Llanes, el rey comió en la torre de San Jorge, pero el intendente Boisset, que da la noticia, no especifica qué comió. En Llanes vuelven a entregarle pan y vino, y muchos cortesanos enfermaron (dice, eufemísticamente, Vital) a causa del vino. Es de notar que en todas partes le dan al rey vino y no sidra; sin duda, los asturianos de aquella época consideraban que la sidra no era bebida apropiada para el paladar de un rey. Al llegar a Colombres encontraron «la comida dispuesta», y al día siguiente, antes de marchar, desayunaron bien.


Cien años después de este viaje escribe el P. Luis Alfonso de Carvallo las «Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias», libro hiperbólico donde los haya. En él se destaca y ponderada mucha fertilidad de Asturias y su tierra, la mucha caza y pesca, y buena huerta. De creer a Carvallo, Asturias nadaba en la abundancia a comienzos del siglo XVII. Todavía a finales del siglo XVIII, Bruno Fernández Cepeda insiste en esa supuesta abundancia:

(“ Hai la llebre en cualquier matu, / la perdiz en cualquier bardia, / la arrea en cualquier regón / (...) Hay pescades como borra, / xardón a taca retaca, / congrios a trompa talega. “)

Pero la realidad era muy otra. Según Feijoo, la dieta del campesino asturiano consistía en «un poco de pan negro, acompañado de algún lacticinio o de alguna legumbre vil, pero todo en tan escasa cantidad que hay quienes apenas una vez en la vida se levantan saciados de la mesa». Ahora bien: como apunta Vital, si los labradores trabajaran la tierra como se debe, ésta igualaría en Fertilidad a la de Flandes.


La llegada del maíz de América supuso un gran refuerzo alimentario, o mismo que la difusión del pote, en el siglo XVIII. El consumo de la patata no se generaliza hasta el primer tercio del siglo XIX, por oposición eclesiástica, y sustituye en el pote, con éxito, a nabos y castañas. Sin maíz, sin patatas, sin trigo, sin aceite, con vino escaso, la cocina asturiana que conoció don Carlos era pobre y poco variada, fundamentada en el mejor de los casos en el cerdo la leche.

La cocina asturiana, hoy prestigiosa, no adquiere ese prestigio hasta el siglo XIX, e incluso hasta bien entrado en siglo XX, según Post-Thebussem.

( Ignacio Gracia Noriega La Nueva España • 10 octubre 2000 )

 Fuente visitada. ignaciogracianoriega.net

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada