sábado, 11 de diciembre de 2010

VERIÑA















Hubo un tiempo en el que por la carretera que atraviesa Veriña sólo pasaba el coche del 'Difuntín', un avilesino de dinero que atravesaba la parroquia en su Ford con destino a los negocios que tenía en Gijón.
Su vehículo se cruzaba en los años 30 con centenares de carros que recogían pulpa de remolacha en la Azucarera para dar de comer al ganado. «Venían de todas partes, hasta de Villaviciosa», recuerdan los vecinos. Fue antes de que el futuro de Veriña cambiase sin remisión, cuando aún era un vergel y prometía como zona residencial; cuando la playa y el río de Aboño eran bonitos adornos para la parroquia y la mayoría de sus habitantes se dedicaban a la agricultura y la ganadería.

Antes de la creación de Uninsa, a mediados de los 60. Y antes de que la Térmica y el Parque de Carbones de Aboño contribuyeran a crear un mar de humos. «A esto ayudó la fábrica de cemento y, por si tuviésemos poco, nos tocó también la depuradora. La zona que más oxígeno nos da es en la que está previsto que se construya la regasificadora», protestan.
Hace ya mucho que en cada alféizar de ventana «puede observarse perfectamente una capa de polvillo que brilla: son partículas de minerales», informan. «Se mete por las casas y llega a todas partes. De los árboles que había quedan pocos, porque no resisten la contaminación». Y si tarda en llover, «hay que fregar les berces. Además, el día que no viene aire de El Musel, que barre, hay una peste tremenda por la depuradora», comenta José Suárez.
Todos reconocen que cuando negociaron las expropiaciones, hace ya medio siglo, no esperaban que Uninsa fuese a resultar «tan perjudicial para la parroquia». Por eso, en 1988 ya pedían que colocasen filtros en los hornos. También protestaban porque en la parroquia no había ni un solo columpio para los niños.

Ni columpios, ni niños
Pero esa petición ya la han abandonado porque «sigue sin haber columpios, pero ahora tampoco hay niños». Atrás quedaron los tiempos en que «en cada casa había 7 u 8 chavales. Sólo en el barrio de La Estación, hace apenas diez años, había 16 chiquillos. Ahora hay dos». No es el único cambio registrado en la población de la parroquia. «En Veriña de Abajo sólo quedan, de vecinos de toda la vida, tres: José y Alfredo Álvarez y Montserrat Gómez».
Antaño, los vecinos no tenían tantos problemas para sacar adelante sus plantaciones. La campaña de remolacha, para abastecer a la Azucarera de Veriña -que a pesar de llevar el nombre de la parroquia estaba en Poago-, duraba tres meses. El resto del tiempo se dedicaban a sus tierras.

De lo que nunca pudieron quejarse fue de la falta de comunicación. A la carretera asfaltada en los años 30, se unía la estación de Renfe, en la que llegaron a trabajar 15 obreros y el jefe de estación. «De Monteana venían aquí para coger el tren. También es verdad que de aquella, en todo Gijón, había más personas y menos máquinas».
«El prau donde ahora está la Térmica, una vez al año, se llenaba de agua por la mareona, que ahora llamen marea viva. Luego, cuando bajaba, quedaben los peces en el prau», dice Alfredo León en un esfuerzo de memoria. «Y la parcela de la fábrica de cemento -completa José- era el campo de fútbol del Aboño. De ahí salió Prendes, el jugador del Sporting».
El padre de José era el dueño del Salón Moderno Manuel Suárez Álvarez, que abrió en el año 1932 y durante la Guerra Civil fue utilizado como cuartel. Dispuestos a divertirse, los chavales de la época «veníen en madreñes y dejábenles en la garita de la estación. Allí poníen los zapatos para bailar». Después continuó su actividad, pero «cuando Nemesia abrió el Parque Venecia de invierno decidió cerrar, en 1945». Entre otras cosas, porque no había divertimento capaz de competir con los maravillosos salones de la que fue conocida como «la mejor sala de fiestas de España».

A Veriña llegaban trenes y autobuses llenos de jóvenes para disfrutar del baile y las lanchas del parque. «Nemesia tuvo poder para convencer a los responsables de que hiciesen un apeadero de la Renfe aquí, para que pudiesen asistir al baile gijoneses de todo el concejo», recuerda José. Alfredo León bajaba en lacha desde Aboño, donde vivía: «Lo pasábamos como los indios. También navegábamos por el río hasta la playa. Era la diversión que teníamos». Pero tras la muerte de Nemesia, el Parque Venecia no duró mucho. Durante un tiempo, sus hijos trataron de continuar con el negocio familiar, que estaba ya condenado a desaparecer. Los vecinos dicen, aún a día de hoy, que «fue un pecado dejar caer aquel edificio, al igual que se hizo con el de la Azucarera y la Fábrica de yeso».
Lo mismo ocurrió con la escuela, que tenía dos aulas, sótano y patio cubierto; aunque más tarde sirvió «para criar gochos dentro, con lo guapu que era».
Quedan dos bares
El desarrollo no les trajo sólo sufrimiento. Para las obras de las vías de Renfe, sacaron arena del Pozu La Braga, aumentando en varios metros su profundidad. «Era como un lago y hace unos 55 años todos los vecinos íbamos a bañarnos allí». También se metían a remojo en el río Aboño, donde algunos cuentan que «el agua bajaba dulce, por la azucarera».
Dice la leyenda que la iglesia parroquial de Santa María fue derribada por un rayo. Y aunque la actual capilla de San Martín no ha sufrido accidentes de tal magnitud, lleva décadas siendo víctima de numerosos robos. Hasta hace poco, colocar una nueva campana y verla desaparecer a al poco tiempo era el pan nuestro de cada día. Y ahora los pillos han ampliado mercado: «Nos roban el agua, la luz, los cables... Y, además, como es un sitio bastante apartado, algunos lo utilizan como escombrera».
Veriña apenas dispone de mobiliario urbano, pero sus habitantes son conscientes de que «desde que lo colocan no dura ni dos días, por los robos. La parroquia tiene muchas zonas con poca gente, a las que vienen los gamberros. También lo tenemos todo lleno de grafitis». Así que la asociación de vecinos cada vez guarda más reservas a la hora de transmitir sus peticiones: «Demandas tal cosa, pero luego ves que nadie lo cuida ni lo usa».
Aún así, los vecinos siguen estando orgullosos de su parroquia y cada 4 de julio se reúnen para celebrar Santa Isabel. Los últimos años hubo misa y comida para los lugareños, pero ya no se celebró la verbena, desaparecida hace más de 20 años.
Sólo quedan dos bares en la parroquia, A Pulpeira y La Campina. El que fue el tercer superviviente, el Bar Puente Secu, cerró este mes. Por eso, «nos vendría tan bien una senda peatonal y el carril bici de la Campa Torres». Por intentarlo, que no quede.

NOTICIA DE AIDA COLLADO18/11/2010
gijon.elcomerciodigital.com/actualidad/verina

4 comentarios:

  1. ¡Hola Marisa! es un gusto leerte, y creo que es grandioso rescatar la cultura de nuestras tierras, he aprendido en tu espacio; lo agradezco, un abrazo

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  2. munchisimes gracias por expandir nuestra cultura y facelo como tu lo faes, puxa tu y puxa nuestra tierrina querida hermosa onde las haya. un besin muy grande de tu paisana.

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  3. Hola Miserenia- Gracias por leerme, y siempre encontraras aquí una amiga. Un abrazo

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  4. Ozna-Ozna- Eres una gran asturiana. No puede negarse que llevas “la tierrina“ en la sangre y yo me siento orgullosa de tu amistad.

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